martes, 21 de abril de 2015

BAFICI: La mirada del silencio (la grosera manipulación de los sentimientos y sus usos políticos)

The look of silence (Joshua Oppenheimer)


por Oscar Cuervo

El carácter revulsivo de The act of killing, el largometraje anterior de Joshua Oppenheimer, no radicaba en la crueldad extrema con que la dictadura militar de Indonesia de los años 60 se dedicó a exterminar mediante métodos brutales a decenas de miles de comunistas. La dictaduras militares anticomunistas son invariablemente brutales, su lesión a la dignidad humana es tristemente célebre, en todos los lugares donde se instalaron es igual y ningún argentino puede verse sorprendido por algo así, porque nosotros lo vivimos.

Si la crueldad dictatorial no es sorprendente, la denuncia de la crueldad a través del cine político tampoco reviste un carácter excepcional. Desde que al cine le cayó la ficha de los campos de exterminio nazis, los gulags soviéticos y los bombardeos sistemáticos israelíes contra campos de refugiados de civiles palestinos, se han ensayado mil y una entonaciones posibles para que los documentales sean algo más que un inventario de atrocidades sistemáticas. Un ejemplo señero en el cine argentino es Juan, como si nada hubiera sucedido (Carlos Echeverría, 1987), que tenía el valor de juntar en un mismo espacio cinematográfico, sin siquiera recurrir al plano y contraplano, a algunos de los represores de la dictadura argentina y al incisivo protagonista del film, que con preguntas concisas, silencios incómodos y un valor cívico infrecuente, dejaba a los represores en el umbral de la auto incriminación, para colmo en la época en que el gobierno radical se disponía a dejar sellada la impunidad del estado terrorista con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue un momento único no solo en la historia del cine, sino en la historia argentina a secas.

La revulsión de The act of killing no reside entonces en denunciar al terrorismo estatal, sino en alterar de manera inquietante el punto de vista del cine acerca de las dictaduras. Oppenheimer no denunciaba a los represores, sino que los integraba como colaboradores de su película, poniendo en escena algunos años después las actrocidades que ellos habían cometido con su anuencia, interpretándose a sí mismos e incluso proponiendo modalidades de puesta en escena de esos actos cuyos protagonistas (los genocidas) consideraban heroicos, de los que se jactaban en cámara y por los cuales aún hoy la sociedad indonesia los sigue honrando. Los represores optaban por representar sus propias violaciones de los derechos humanos con una estética que ejercía una apropiación berreta de la ficción hollywoodense, con coreografías festivas y orgullo triunfal. El hecho de que estos crímenes de estado que sus propios ejecutores volvían a interpretar ante cámara, colaborando con la película, permanecieran impunes hasta hoy y su sociedad los honrara como héroes transformaba a The act of killing en una experiencia insoportable, ante la cual categorías como denuncia, distanciamiento, sarcasmo, kitsch, camp, parodia, documental, ficción o cine histórico caducan de un modo irrecusable y dejan al espectador en una posición de extrema incomodidad: ¿cómo puedo yo seguir viendo esto? ¿qué se supone que tengo que hacer con lo que veo? Toda indignación resultaría una respuesta banal y hasta hipócrita. Oppenheimer llegó con The act of killing a un límite de las posibilidades del cine político que dejaba abierta una interrogación sobre cómo seguir.

La respuesta de su propio autor, The look of silence, no puede ser más decepcionante. Esta secuela no solo desactiva los interrogantes planteados por el film anterior, sino que los traiciona. O al revés: la existencia de The act of killing deja en evidencia que The look of silence es un acto de oportunismo abyecto especialmente sintónico con públicos bienpensantes. Acá el director vuelve sobre las mismas atrocidades de la dictadura impune y celebrada, pero introduce la mirada de las víctimas, para poner en marcha una manipulación sentimental que nada tiene que ver con los modos en que el cine moderno se proponía hacer visibles a las víctimas.

Esta secuela (más bien un bonus track del que Oppenheimer se vale para dejar aclarado que no está de acuerdo con las violaciones a los derechos humanos, como si desconfiara de la revulsión política de su film anterior) está co-realizada entre Oppenheimer y el hijo de una de las víctimas de las masacres dictatoriales. Este mediador entre los represores, Oppenheimer y nosotros vuelve a entrevistar a algunos de los protagonistas de la película anterior o a sus familiares, para mostrarles fragmentos fílmicos donde los victimarios se jactaban de sus atrocidades y para manifestarse él mismo como víctima de ellos. Muestra también a algunos ancianos familiares de las  víctimas, en escenas de una vulnerabilidad senil destinada a conmovernos en nuestras butacas. Se supone que si sentimos lástima por esos pobres viejos que fueron lesionados por la dictadura y que ahora Oppenheimer muestra con morbo efectista, entonces nosotros nos hallamos del lado correcto de la humanidad.

La técnica de las entrevistas con que el familiar de las víctimas encara a sus verdugos o a los familiares de esos verdugos siempre está dirigida a promover un quiebre del entrevistado, por la vía del arrepentimiento, las vergüenza o la ira. En ese dipositivo la película no difiere de ningún programa de televisión sensacionalista en que el entrevistador hace valer su poder para exponer al entrevistado a una humillación cuya única finalidad es el goce del espectador. Un goce peculiar, puesto que ningún espectador se va a manifestar complacido por lo que ve, sino indignado por la barbarie del otro. El quiebre y la humillación buscados requieren incluso una puesta televisiva de planos y contra planos en los que la mirada dolida del entrevistador víctima funciona como un comentario sentimental continuo y redundante acerca del horror represivo. Esta puesta remite a la de cualquier programa sensacionalista de la tele, ni siquiera hace falta que sea del género político.

La defección política y estética de The look of silence propicia incluso despolitizar el genocidio y convertirlo en un asunto sentimental, en el que bastaría que uno de los entrevistados se quiebre en cámara y llore pidiendo perdón para que una reconciliación entre familias indonesias empiece a dejar atrás un pasado desgraciado. No llama la atención en este contexto que el protagonista-víctima-co-realizador sea incluso capaz de terminar una entrevista abrazando a uno de los represores.

La espectacularización sentimental de la masacre que logra Oppenheimer en The look of silence promueve una sensación mucho más fea y ciertamente más deshonesta que la revulsión de The act of killing.

Ver más información y horario de las funciones de The look of silence en el BAFICI clickeando acá.

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