domingo, 26 de abril de 2015

El botón de nácar

El Bafici y la poesía I


por Liliana Piñeiro
“Todos somos arroyos
de una sola agua”
Raul Zurita

Con este epígrafe comienza El botón de nácar. El director Patricio Guzmán articula poética y políticamente en esta película un elemento del universo con la memoria histórica de Chile. Las bellísimas imágenes del agua en todas sus formas (la lluvia, el glaciar, los ríos, el océano) no dejan de lado su sonido: hay un canto que persiste y es interpretado. La música del agua nos atraviesa, inaugurando una experiencia que nos recuerda la poesía de Juan L. Ortiz.

Sin embargo, Chile es un país que “le teme al océano”, según asegura Guzmán, por eso ha crecido “de espaldas” a él. Ha perdido la “intimidad con el agua” en la que vivían las antiguas civilizaciones del extremo sur, tribus nómades que se organizaban alrededor de canoas para desplazarse por el canal de Beagle, y que fueron diezmadas en el contacto con los colonizadores. El registro etnográfico y el testimonio de los pocos descendientes que sobreviven son conmovedores. La historia de Jemmy Button, un adolescente yámana que fue comprado por el marino inglés Fitz Roy (su precio: un botón de nácar), para ser llevado a Inglaterra y adquirir, además de un nuevo nombre, las pautas de la civilización occidental, es significativa del exterminio de una cultura.

Pero el océano guarda el secreto de otro exterminio: el de los desaparecidos arrojados al mar durante la dictadura de Pinochet. Aquí el director chileno se asoma dolorosamente a la historia reciente de su país, y las imágenes son crudas: en el agua aparece lo que queda de esos cuerpos, en una búsqueda incesante de sus familiares para intentar darles una localización espacial y una inscripción que suture, de alguna manera, esa herida.

Como en su anterior película, Nostalgia de la luz, la imagen de los inmensos radares ubicados en el desierto de Atacama se yerguen como preguntas a un universo que esquiva sus respuestas. De la luz al agua, los elementos que nos unen a él no dan cuenta del significado, por momentos atroz, de la condición humana.