viernes, 3 de abril de 2015

Manoel de Oliveira por Alejandro Ricagno, 2010

Retrato de un señor con sombrero

(como un cuadro del viejo Chagall)


por Alejandro Ricagno (un luso da alma)

Este señor, Manoel de Oliveira, portugués, cineasta, aristócrata de espíritu, que nació en Oporto en 1908, hoy cumple 102 años. Y aquí está, saludándonos desde Cannes, cuando tenía apenas 101, y venía a presentar su Opus numero 56 O estranho caso de Angélica, que se exhibió el miércoles pasado en el cine Gaumont durante la Semana del Cine Europeo, curada por Thierry Fremaux

El extraño caso, no solo es el de Angélica, sino, como vemos el del mismo Oliveira. No debe haber en la historia del cine, un caso igual de productividad y genialidad tal, que se acrecienta con la edad.

Entre 1931 y 1977, Don Manoel ya había realizado trece films, la mayoría cortos y mediometrajes documentales, entre ellos su opera prima experimental, Douro, pesca fluvial (1931), inspirado en Berlín, sinfonía de una ciudad, como lo admitió el mismo Oliveira, y una ficción, la mítica Anikki Bóbó (1944) que algunos críticos consideran el antecedente directo del neorrealismo italiano, enteramente interpretada por una pandilla de niños de la calle de Porto. De cualquier modo, esa tendencia neorrealista, fue prontamente abolida, décadas más tarde, para abocarse a la creación de un cine que tiene por centro la idea de representación, ensayando un extenso dialogo con el teatro y hasta con la opera, (como en ese exquisito delirio cantado que es Los caníbales) o con la literatura del siglo XIX (El valle de Abraham, es una inspiradísima adaptación de Madame Bovary) sin dejar de ser eminentemente cinematográfico, lejos de toda falsa “qualité”. Y poniendo en jaque, constantemente, los conceptos de clasicismo y modernidad cinematográfica, con repentinos raptos de humor.


Por más que haya sido uno de los pioneros de la cinematografía de vanguardia portuguesa, fue uno de los primeros en experimentar en el uso el color en su país, a mediados de los 58 con el documental O pintor e a cidade, la primera parte de su filmografía fue espaciada y de poca difusión. La dictadura de Salazar, la censura, la poca repercusión en su territorio –a diferencia de lo que pasaba con sus producciones cuando se exhibían en festivales en el exterior- sumados a problemas económicos de la empresa vitivinícola familiar, impidieron que desarrollara una carrera más prolífica entre los años 50 y los 70. Recién a partir de 1977, es decir cuando ya tiene 69 años, comienza a filmar con una regularidad pasmosa, a partir de lo que puede llamarse el segunda período, ya decididamente volcado a lo ficcional.

Con la realización de Benilda o la virgen madre en 1975, y principalmente con el lanzamiento de Amor de perdiçao, adaptación de la famoso novela de Castelo Branco, exhibida como miniserie por la televisión portuguesa que estrenó en 1977 y cuya versión cinematográfica tiene una extensión de cuatro horas, se inicia esta “segunda “juventud de Oliveira..

A partir de allí no paró; desde entonces –y en parte gracias a la labor del gran productor Paulo Branco, responsable de producir por ejemplo a Raúl Ruiz, Pedro Costa, toda la obra de Joao Cesar Monteiro, entre otros indispensables- realiza una película por año, y a veces un corto, en medio de un largo y otro. O sea, su carrera, por así decirlo, como director de ficciones con proyección, y merecido reconocimiento internacional, comienza al filo de sus 70 años. Allí es que aparecen esos films singulares, de variada extensión -O vale de Abraao, dura, por ejemplo tres espléndidas horas, Belle toujours, apenas una) con una pie en la literatura del siglo XIX y otro moviéndose entre el clasicismo cinematográfico, la modernidad y la vanguardia..

Y como le suele suceder a los grandes maestros, el espíritu de juventud –en marcha- se manifiesta más aún en las obras de madurez. Ahí está la gracia de Viagem a principio del mundo ( 1997),Vou para casa (2003), de Porto de Minha Infancia, o la coda juguetona de Belle Toujours.


O Estranho caso de Angélica, es una película en estado de ligereza. No tiene ni por asomo, el tono de un film de despedida, si bien la muerte está presente en su tema de principio a fin. Pero en todo caso, es una “muerte enamorada”, agradecida por ser preservada para la eternidad.

O estranho caso es una historia de metafísico amour fou: Isaac, (interpretado por Ricardo Trepa, actor nieto del realizador, al que ya vimos como el protagonista de Singularidades de una rapariga loura, film inmediatamente anterior a éste) un joven fotógrafo judío, -atentos al nombre bíblico; Isaac es el hijo que Abraham concibió a los 100 años, dos menos que Oliveira cuando consiguió completar este viejo proyecto!!- es llamado en medio de la noche para retratar a la joven Angélica- bajo el rostro inolvidable de la española Pila López Anaya, la improbable Sylvia, de Unos días en la ciudad de Sylvia, de Guerin- que ha muerto justo antes de su boda. Isaac, al retratarla, vigilado por la madre y la devota hermana monja de la muerta, cree ver que la muerta le sonríe a través del visor de su cámara, y cae en un embrujo de amor necrófilo, que hubiera Buñuel celebrado. Pero Oliveira, lejos de rendir otro homenaje al aragonés, como en Belle Toujours -apenas si lo saluda con un guiño- sino que mediante una fabula que mucho le debe a cierta tradición jasídica, a esos relatos tradicionales que ha sabido reconstruir el escritor Isaac B. Singer, -y que se hace explícita en el origen sefardí del protagonista, pero también en los ensueños que evocan a los cuadros de Marc Chagall:, Don Manoel revisa la evolución de la historia técnica del cine, y de la imagen y su poder alucinatorio. Desde la invocación a Chagall, hasta los trucajes Fx digitales, de los que se vale por primera vez en su carrera en un par de secuencia, y que sin embargo se utilizan para evocar más a Georges Méliès que a James Cameron, sutilmente Oliveira, hace una investigación de los diversos estados y usos y efectos de la imagen. Como si la evolución técnica le sirviera, paradójicamente, para volver “al principio del mundo! cinematográfico. Pero que no se vea en esto un lamento lloroso, sino más bien como un perfecto cruce entre tradición narrativa, modernidad, y actualidad técnica. La técnica puede cambiar, parece decirnos, pero el “clasicismo moderno”, valga el oxímoron, del que hace gala el portugués en este film, está tan lejos del postcine, como el de la lamentación ruinosa. Por el contrario, hay un estado celebratorio, no exento de nostalgia o más bien saudade muy portuguesa, que cruza todo el relato. Empezando, desde ya, por la seductora sonrisa enigmática de la muerta, o ese final a todo vuelo. Un relato con ecos literarios de fabula del siglo XIX con personajes que se visten y mueven como si estuvieran en la mitad del siglo XX -Oliveira escribió el guión de este film en 1950- y que se mueven en un mundo donde no se oculta la convivencia de los autos mas modernos y la evocación del universo campesino, del siglo pasado, a la orillas del Douro. El film, paralelo a su relato, ensaya una perfecta síntesis de un mundo evocado, junto a otro, presente, actual, y sus respectivos modos de representación: pintura, fotografía, cine mudo, universo documental, cine en fílmico, trucaje digital. Cada elemento que aparece, es como un autoafirmación de alguien que dice: yo también vi, pase, estuve ahí. Yo fui testigo, contemporáneo de estas estéticas, de estos cuadros, de estos paisajes que han cambiado, de estas técnicas que han evolucionado, pero la canción del cine, del mundo que amé y amo, cuando tiene alma y respira, sigue siendo la misma.

El espíritu de ligereza, sobrevuela incluso en ese infaltable momento “falado” -marca da Caso Oliveira- la conversación alrededor de una sobremesa. En esta ocasión, una discusión sobre materia y antimateria, el Hubble, el acelerador de partículas, que oficia además como pivote entre el anacronismo de los personajes, la actualidad científica y la curiosidad de Oliveira, por seguir asimilando la información actual, para hacer con ella inclusive,.un chiste ecológico, como cuando habla de los “siete mosquitos del Apocalipsis”. Ese efecto de desacomodo temporal, el juego entre lo moderno y lo antiguo, funciona como si Oliveira, resumiera en estos noventa, parsimoniosos minutos, toda la evolución técnica del mundo en 100 años, los cambios de los que ha sido testigo (¿de cuantas cosas se ha sido testigos cuando se ha vivido más de un siglo? ) y la vez refirmara por sobre ellos, todo su amor y su fe por lo atemporalidad del arte, por la capacidad de juego del cine, que aún es capaz mover y conmover a fuerza de sensibilidad y talento.

Hace poco, en un reportaje, Oliveira dijo que tenía aún muchos proyectos, que si no filmaba, se aburría y entonces sí, seguramente moriría. También dijo que su sueño es morir filmando. Desde aquí le deseamos un muy feliz cumpleaños y esperamos que su último deseo se cumpla lo más tarde posible. Nos deje, al menos, un par de películas más antes de salir volando de este mundo, inmaterial, e ingrávido y enamorado como su fotógrafo que resucita hermosas sonrisas vivas en bellas jóvenes muertas.