martes, 21 de junio de 2016

¿Quiere Cristina seguir liderando un movimiento de masas?




por Oscar Cuervo

La grotesca caída del ex-secretario de obras públicas de los gobiernos kirchneristas José López generó una conmoción en los sectores más politizados de la sociedad. El debate sobre el significado y el alcance político de los delitos que López cometió en abierta flagrancia forzaron a un salto de nivel e intensidad de los debates, sobre todo en el seno de los sectores sociales que apoyan el kirchnerismo y especialmente entre su militancia. La necesidad de este debate es minimizada desde algunos exponentes de la militancia más ortodoxa, desdeñando el impacto causado por la caída de López como una reacción "honestista" y pequeño-burguesa que desconoce los intereses políticos en juego. No me refiero acá al nivel dirigencial del pejotismo, la representación parlamentaria y sindical que desde la salida del kirchnerismo intenta acomodarse a la nueva relación de fuerzas, en un proceso de oportunismo político que desde el menemismo en adelante ya no puede sorprendernos.

El planteo más interesante, más delicado y más productivo radica en reflexionar hasta qué punto el caso López puso una marca irreversible en la historia de la militancia kirchnerista y de los sectores sociales que reconocen a Cristina como líder. Es cierto que el episodio López es totalmente funcional al avance del gobierno macrista y de los sectores colaboracionistas del pejotismo y, sobre todo, del massismo. Pero con señalar esa funcionalidad a partir del caso López ya no alcanza. 

También la minimización de un caso de corrupción probado (por su flagrancia: no se trata de una denuncia de Clarín, sino de un delito objetivo cometido por un funcionario de extensa permanencia y rol decisivo en las políticas kirchneristas durante 12 años) es funcional al gobierno macrista y al descrédito de la política en general y al impulso militante en especial. La naturalización de una grave falla en el control de la gestión del gobierno anterior no sirve para rescatar las banderas, las consignas y el proyecto que deben seguir siendo revindicados. Por el contrario, esta miniminzación es lo que la derecha espera para demostrar que la militancia y los amplios sectores sociales que aún se reivindican kirchneristas son indemnes a los aspectos criticables del movimiento e incapaces de cuestionar a sus dirigentes. El hecho innegable de que Cristina es el límite impuesto por el actual régimen macrista como la dirigente que el futuro de argentina debe declarar inaceptable no puede obturar la imperiosa necesidad de que el campo popular revise y ponga en discusión los procemientos con que funcionó hasta ahora y el vínculo mismo con Cristina. 

El debate profundo no es signo de debilidad de un proyecto político sino de su fortaleza. El empoderamiento de los sectores populares tantas veces propuesto en los discursos de Cristina encuentra en esta situación crítica no solo la ocasión sino la necesidad de ser puesto en práctica. Las apelaciones a la "confianza en la Jefa" y la lealtad a su liderazgo tienen un sentido ambivalente: un movimiento popular necesita confiar en sus líderes, se trata de una apuesta colectiva que le da potencia a cualquier proyecto. Pero la confianza no es una delegación perpetua y metafísica ni un don vitalicio. La confianza necesaria para caminar en un rumbo compartido necesita revalidarse en las diversas fases del proyecto: en épocas de flujo y de reflujo, en ejercicio del poder estatal o en el llano, frente al reconocimiento de las virtudes de un proyecto y también de sus límites, la confianza en un liderazgo es fructífera solo si se somete a una revisión constante.

La certeza de que mientras tanto el régimen de derecha sigue conculcando derechos y transfiriendo recursos económicos hacia una sociedad más desigual, en una escala en que los 8 millones de dólares de los bolsos de López parecen insignificantes, no es un buen motivo para postergar estas discusiones. El avance de la derecha no impide discutir nuestros compromisos en la lucha sino que nos urge a hacerlo. Es también el momento en que el campo popular asuma la necesidad de incorporar a su agenda política el problema de la corrupción sistémica, problema que el kirchnerismo y el peronismo siempre tendieron a desdeñar. Pero la vuelta al poder de un proyecto popular, su reinvención, depende de que la corrupción sea asumida como una amenaza para los proyectos populares, como lo demuestra la experiencia reciente en toda la región latinoamericana.

Hace unos días en un post, "El silencio de Cristina" manifesté la necesidad que tiene la militancia y los adherentes al kirchnerismo de recibir una palabra de la presidenta. El mensaje de Cristina aparecido pocos días después de este post (ver acá) me parece totalmente insuficiente. Cristina responde según una matriz discursiva que no asume el salto cualitativo que el caso López desencadenó. Ya no alcanza con aludir a la gravedad (innegable y que debe seguirse señalando) de los Panamá Papers o a las necesarias complicidades de sectores del empresariado con los delitos cometidos por López y otros funcionarios. Esa matriz discursiva pudo servir en otra etapa: hoy, por su mera repetición y su falta de registro de la crisis de identidad que el caso Lopez ha acelerado, ese tipo de respuestas refuerza la tesis de la derecha que acusa a Cristina de ser incapaz de formular autocríticas y su propensión de tirar la pelota afuera. Lo que es igualmente grave: deja a la militancia territorial expuesta a los cuestionamientos que pueden plantearse desde el seno mismo del pueblo.

No es que la militancia necesite de la palabra de la líder para pensar. Algunos interlocutores en estos días me preguntaban qué es lo que yo creo o espero que Cristina diga. Yo espero que Cristina diga la verdad y, además, como líder en la cual sea posible seguir depositando confianza, espero que exhiba una reacción inteligente ante una nueva realidad. La repetición de un mismo esquema discursivo ante una crisis identitaria muestra una rigidez que no encuentra salidas nuevas para situaciones nuevas.

La política se ejerce con actos y también con palabras. La palabra no es un simple agregado ni un derecho de expresión personal que puede ejercerse o no cuando se lidera un movimiento: es un deber y un modo de ejercicio del liderazgo. La palabra constituye y renueva los compromisos recíprocos entre una líder y sus adherentes y militantes. Esto es más intenso en el liderazgo de Cristina: siempre se señaló la enorme atención que las multitudes movilizadas dedicaban a sus discursos extensos y complejos. Esa escucha es uno de los rasgos conmovedores y potentes de la historia del kirchnerismo. Incomparable con la insustancialidad de los discursos del actual presidente y la nula interlocución que logra con el pueblo. Si se pierde esa diferencia porque Cristina calla en asuntos sustanciales, el kirchnerismo pierde una de sus mayores ventajas.

Es cierto: la palabra de Cristina en este momento la puede poner en riesgo. Lo que pasa es que sin la asunción de ese riesgo el kirchnerismo no tiene futuro.

Pero ¿quiere Cristina seguir liderando un movimiento de masas? Espero que ella lo diga.

5 comentarios:

Unknown dijo...

Oscar,me queda picando eso de que cristina " diga la verdad",como si segun vos ella tuviera que confesar su parte de un delito.no lo veo bien,es en realidad una acusacion al tono de calumnia.

A.C dijo...

"Es también el momento en que el campo popular asuma la necesidad de incorporar a su agenda política el problema de la corrupción sistémica, problema que el kirchnerismo y el peronismo siempre tendieron a desdeñar. Pero la vuelta al poder de un proyecto popular, su reinvención, depende de que la corrupción sea asumida como una amenaza para los proyectos populares, como lo demuestra la experiencia reciente en toda la región latinoamericana." Excelente. Voté muchas veces al kirchnerismo a pesar de contener nefastos personajes corruptos; la corrupción (su denuncia) no es de "derecha" y su proliferación debilita gravemente a los proyectos de transformación social y popular. Ya lo han señalado, entre otros, Mujica y García Linera, no estamos hablando de Carrió y Binner...

Oscar Cuervo dijo...

Alejandro: la confusión entre decir la verdad y confesar un delito corre por cuenta tuya. Lo de calumnia es una lectura persecutoria y ajena al contexto general del post y de la historia del blog. Decir la verdad significa que yo no necesito que me diga algo en especial, que me dé aliento o me baje línea sobre cómo responder ante los cuestionamientos. Yo sé lo que pienso, necesito saber qué es lo que ella piensa acerca de conducir un movimiento de masas, si está dispuesta a poner el cuerpo en las luchas que se vienen y no tan solo recordarnos lo que se hizo bien en su gobierno o lo malos que son los otros. Eso lo puedo saber yo solo. Pero lo que ella plantea de ahora en mas no lo sé. Lo tiene que decir ella.
Por otro lado, la táctica del secretismo tiene sus límites. Cuando estas en el gobierno puede justificarse si tenes fuerzas que quieren voltearte. Ahí puede ser conveniente esconder una parte del juego.
Pero cuando estas en el llano el secretismo solo parece una veleidad innecesaria. Cristina tiene que refundar su liderazgo, pero para eso tiene que dar señales claras y no jugar a las escondidas.
Por ultimo, querer la verdad es requerir una explicación acerca de la permanencia de José Löpez durante tantos años en el manejo de la obra pública, que fue una de las políticas claves del kirchnerismo. ¿Es admisible que se haya dejado tantos años el manejo de tanto dinero en alguien que, en el mejor de los casos, está loco o pasado de rosca, y en el peor es un ladrón? Hay responsabilidades políticas ahí, nadie votó a Lopez, pero alguien superior lo nombró. Hace falta que De Vido y Cristina den una explicación y no tiren la pelota afuera con el contraejemplo de los Panamá Papers. Tiene que emitir una señal que nos permita saber si ella advierte que las respuestas dadas en otros momentos ahora ya no son suficientes, porque las circunstancias cambiaron. ¿Es capaz de advertir Cristina que las circunstancias cambiaron?

Oscar Cuervo dijo...

AC: de acuerdo, la refundación o la superación del kirchnerismo exigen incorporar el problema de la corrupción como un serio obstáculo para una sociedad justa.

pitch dijo...

El silencio de Cristina ya lleva 6 meses. Y debe llamar la atención. Es indudable que hay razones de orden estratégico-judicial dadas las muchas causas en las que este gobierno desea incluirla. Y su destino no se avizora muy diferente del que hoy cursa, infelizmente, Milagro Sala. Por otra parte, la prudencia de muchos legisladores aún fieles del FPV también es remarcable. Porque cunde una reversión de los sentidos de la política indicando que ésta ha mutado a ser simple extorsión entre pares, algo inédito históricamente, lo cual quiebra la conocida dinámica de pactos políticos antecedentes.
Por otro lado, las circunstancias circenses de la captura de López (individuo de venalidad y transgresión flagrantes) inspiran, sin embargo, muchas dudas respecto del accionar estatal: su oportunidad, las contradicciones de los juzgados intervinientes, la precariedad de las informaciones oficiales ofrecidas al gran público (y a los políticos opositores, claro está), la innegable mano servicial en todo este asunto. Es lógico, entonces, que tal ambigüedad llame a prudencia a cualquier referente (tanto a líder como a lugartenientes políticos) y lo que escuchemos de boca de ellos no sea esa explicación verborrágica y silogística de antaño, sino algo escueto y hasta insustancial.
Las condiciones de seguridad del país son llamativas y también deben considerarse (desplazamiento creciente de contingentes de gendarmería previo elecciones cordobesas, en los actos patrios, los llamados literales a denunciar vía redes todo dicho o acto que se considere desestabilizante, con número telefónico del Ministerio del Interior incluido).
Me parece, que independientemente de la calidad indiscutida de tus argumentaciones respecto de la corrupción y la expresión de si hay continuidad o no de una conducción, todos estos elementos hacen que prime una prudencia silenciosa y no la expresión categórica del liderazgo que conocimos y claramente extrañamos. Estamos ante la tormenta perfecta y aún no sabemos sobre qué clase de océano la estamos sufriendo. Mis saludos.