viernes, 4 de abril de 2014

La Remington o las flechas



por Lidia Ferrari

Una le quiere poner palabras a cosas que, a veces, parecieran estar muy lejos de la palabra. Y cuando uno quiere alojarlas en una reflexión se alejan un poco más. Desde hace meses mi cabeza está maquinando para tratar de entender ese odio, esa rabia, ese fuera de sí que sucede a tantos argentinos en relación a la década que se abrió paso para reconstruir un país luego de la destrucción de la dictadura y de los noventa. Esa materia, el odio, es algo difícil de comprender cuando viene en una escalada colectiva, tantas veces, sin sentido. Un odio al Otro que por momentos no parece sino un odio de sí, una vuelta sobre sí del odio al Otro, que lleva a la destrucción a quien está encorsetado por ese odio visceral. Ese odio al que uno le tiene miedo si llega a explotar. Y parece que explotó o, al menos, está dando algunas descargas.

El texto que estaba maquinando era sobre el tema de los relatos, acompa√Īada en la lectura de Storytelling, de Christian Salmon [1] que desnuda las operaciones narrativas que construyen nuestras vidas: “la creciente convergencia entre el Pent√°gono y Hollywood”; las compa√Ī√≠as de publicidad que arman campa√Īas y venden Presidentes. Salmon analiza c√≥mo el arte del relato y la mentira se ponen al servicio de la venta de bienes y de emociones. C√≥mo esta proliferaci√≥n del relato manipulado inventa mitos, a la inversa de los mitos universales que transmit√≠an las lecciones de las generaciones pasadas [2]. Denuncia los procedimientos por los cuales nos formatean las mentes y nos cuenta la paradoja en la que vive a ra√≠z del √©xito del libro entre quienes denuncia. Los “formateadores de la mente” lo quieren contratar y usan su libro.

Ese libro se encontr√≥ con un texto que no ha dejado un minuto de interrogarme. Se trata de un p√°rrafo del libro Biograf√≠a de Buenos Aires de Pablo Rojas Paz, publicado en 1943. Rojas Paz, escritor argentino nacido en 1898, fue uno de los fundadores de la revista Proa, con Borges y G√ľiraldes, entre otros. Tambi√©n particip√≥ del grupo Mart√≠n Fierro y recibi√≥ varios premios literarios. Quiero decir que es coet√°neo de otros c√©lebres escritores argentinos, como Roberto Arlt o Leopoldo Marechal. Escribi√≥ en los a√Īos 50 una biograf√≠a sobre Sim√≥n Bol√≠var, que no he podido consultar.

En 1943, Pablo Rojas Paz escribe este p√°rrafo en un apartado que titula “El Mal√≥n”: 

“El progreso de todo lo que hoy constituye el territorio de la Rep√ļblica Argentina tuvo en contra suya el mal√≥n, que es el asalto que los abor√≠genes realizaban siempre con la misma t√©cnica contra las poblaciones. Quemar las chozas lanzando flechas con paja encendida, robar la hacienda y esclavizar a las mujeres. Esa terrible era comenz√≥ verdaderamente el d√≠a en que Diego de Mendoza, Pedro Benav√≠dez, Pedro de Luj√°n y Gal√°z de Medrano encontraron la muerte en manos de los indios querand√≠es, y termin√≥ en 1880, cuando el general Julio Argentino Roca los venci√≥ con la coraza, el Remington y el tel√©grafo, dando as√≠ realmente fin a la conquista y colonizaci√≥n iniciada por los espa√Īoles”.

¡Tama√Īo poder de s√≠ntesis para un relato de quinientos a√Īos de historia!

Este p√°rrafo fue escrito por un Premio Nacional de Literatura, en 1943, -no cualquier a√Īo para la Argentina-. A m√≠ me interpela. ¿C√≥mo puede ser que un insigne literato en esos a√Īos piense de esa manera?

Pero un hombre que naci√≥ en la d√©cada del 60 en Italia me cuenta que, en su infancia, ninguno de los ni√Īos que jugaban a las peleas entre indios y cowboys -√©l incluido- soportaban hacer el papel del indio, ya que los indios, en este caso los del Far West norteamericano, eran los malos de la pel√≠cula. El ni√Īo italiano comparte un relato que se origina, como bien lo dice Rojas Paz, cuando los espa√Īoles llegaron a Am√©rica. Es decir, un relato de m√°s de quinientos a√Īos. Un relato concebido y cristalizado a lo largo de quinientos a√Īos. Un relato formateando las mentes o los esp√≠ritus, al decir del t√≠tulo de Salmon, durante largos quinientos a√Īos, no logra ser desarticulado en una d√©cada.

Las reacciones de odio y violencia parecen dirigirse contra este relato que nos dice que hay que incluir a los pobres, que hay que caminar junto con ellos, que hay que respetarlos y dignificarlos como sujetos humanos. Este relato que dice que la ley es igual para todos y no se queda en relato, sino que intenta aplicarla. Este relato que le pone l√≠mites a los poderosos, a los que tienen la Remington y quiere dirigir su mirada y darle existencia y dignidad a los que poseen s√≥lo flechas, este relato, es visceralmente rechazado por muchos. ¿Y por qu√© es rechazado, adem√°s de porque algunas mentes y corazones han sido formateados durante 500 a√Īos? Es rechazado porque pone en cuesti√≥n la vida de esta mente formateada que tiene los suficientes a√Īos vividos en un mundo, acomodada a unas estructuras, donde elabor√≥ odios, deseos y rencores dentro de un relato en el que negros, pobres, indios deben ocupar un lugar diferente a los blancos, ricos y poderosos. Un lugar diferente e inferior.

El odio que despierta este nuevo relato para los tilingos, para cierto medio pelo, para los de clase media baja que fueron “criados” en las ant√≠podas de estas nuevas ideas, se debe tambi√©n a que algo de la propia base de sustentaci√≥n subjetiva se pone en crisis. ¿Ahora resulta que no es cierto, como dice Rojas Paz, que las hordas del mal√≥n atentaron desde siempre al progreso de la Rep√ļblica? ¿Y no fue Roca el que nos salv√≥ de ese infierno cuando los venci√≥ con la Remignton y el tel√©grafo?

Nos preguntamos, entonces: ¿no ser√° que esta gente que est√° descargando su odio en linchamientos urbanos y cosmopolitas cree estar habitando los fuertes en los l√≠mites entre pampa y desierto, y vive dentro de la pel√≠cula en que el mal√≥n viene a esclavizar a las mujeres y a robarle su hacienda con sus flechas encendidas?

Para rematar estos momentos de maquinaci√≥n me llega el relato de una empleada dom√©stica boliviana, que vive hace 40 a√Īos en la Argentina, una muy buena persona que con su esfuerzo pudo enviar a sus hijos a estudiar, una abnegada trabajadora. En un almuerzo compartido, ella le dice a la persona para la cual trabaja: “Est√°bamos mejor con los militares, hab√≠a m√°s orden y la ciudad estaba m√°s limpia. Ahora los blancos somos pobres y los indios -no dice negros, dice indios- tienen 4x4, una casa y son ricos. Era mejor cuando los blancos eran ricos". La interlocutora de este relato se qued√≥ sin palabras, habida cuenta de la extracci√≥n social de la se√Īora boliviana que se identificaba con los blancos, si bien portar√≠a ella misma una historia de mestizajes. Quien la escuchaba no pudo sino susurrar una iron√≠a del tipo: "bueno, alguna vez les ten√≠a que tocar a los indios". Pero no hab√≠a nada para decir contra un argumento tan estrepitosamente absurdo, proferido por la persona a la que menos le calza un enunciado de ese tipo.

Esta es la sensaci√≥n que resta: frente a estos argumentos, frente a esta se√Īora boliviana, frente a Rojas Paz, una se queda muda.

¿O ser√° que ser√°n necesarios 500 a√Īos para que un relato sea bienvenido? ¿O ser√° que el tipo de relato porta en s√≠ algo demasiado destituyente de prejuicios y anhelos humanos? No lo s√©.[3] Porque, lo que m√°s sorprende y nos deja mudos es que se trata de un relato, simplemente de un relato. Porque las realidades siguen andando, porque la realidad dice que hubo malones ind√≠genas, pero tambi√©n de los otros. La realidad dice que esta se√Īora boliviana no sabe lo que dice y su situaci√≥n no tiene nada que ver con lo que narra. El problema es que la realidad puede decir otras cosas, contradecir a las palabras que intentan apresarla. Pero eso no importa, lo que importa es el relato.

Y, decididamente, no quieren escuchar que los indios (quienes quieran sean sus intérpretes) también tenían y tienen derecho a existir.

Notas

[1] Salmon, Christian. Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Barcelona : Península, 2008, pag. 41.

[2] “El storytelling establece engranajes narrativos seg√ļn los cuales los individuos son conducidos a identificarse con unos modelos y conformarse con unos protocolos”. Salmon. Ob. Cit. Pag. 38.

[3] Si fuera como lo plantea Salmon, habr√≠a una relativa sencillez en instalar un relato a trav√©s de la manipulaci√≥n mentirosa. Es probable que este nuevo relato, el de los indios con derechos a existir, no encuentre los canales de comunicaci√≥n necesarios para ser bienvenido en ciertas capas sociales porque, quiz√°, sea un relato que conmueve estructuras demasiado consolidadas. Otra de las posibles razones es que, en los modos en que son manufacturadas las f√°bulas colectivas -como los cuentos de hadas-, haya alg√ļn tipo de trama argumental que sea alojada m√°s hospitalariamente que otras. Pero son s√≥lo pensamientos en borrador.

2 comentarios:

Daniel dijo...

Excelente.

Liliana y Carlos dijo...

Leyendo el texto de Lidia lo relaciono con dos citas en un post de Hugo Presman:
Stephen Biko: “El arma m√°s poderosa del opresor es la mente del oprimido”
Simone de Beauvoir: “El opresor no ser√≠a tan fuerte si no tuviese c√≥mplices entre los oprimidos”
No se aplica a Rojas Paz, pero seguramente s√≠ a esa honesta y trabajadora se√Īora boliviana.