Patologías Culturales - FM La Tribu - 11/12/2021
Luto (Pablo Weber)
Patologías Culturales - FM La Tribu - 11/12/2021
por Oscar Cuervo
Un procedimiento narrativo recurrente en el cine de Martín Farina: parte del detalle, que inmediatamente genera un fuera de campo hacia el cual la imagen se inclina. El sentido empieza por ser inestable y esquivo, por lo que cada plano nos empuja hacia el siguiente. Pero en sus películas no existe algo así como un plano de establecimiento o conclusivo que aquiete la inestabilidad del sentido.
La crítica más perezosa habla de cine "experimental" cuando no sabe bien qué decir. Farina nos acostumbró a salirse de los procedimientos convencionales pero no hace experimentos. Esa palabra sería mejor reservarla para el manejo de las variables matemáticamente acotadas de una investigación científica. El cine tiene fuera de campo. El experimento, no: lo que no se puede medir no existe. Lo que lleva una vez más a pensar en el cine como arte de lo invisible. Si el montaje articula una secuencia de planos, el corazón de la experiencia cinematográfica nos aguarda en eso invisible que se escurre entre un plano y el otro.
Si el proyecto inicial de la invención cinematográfica se proponía re-presentar determinadas zonas del mundo para enfatizar su apariencia, hay una dirección involuntaria que se dirige hacia lo infilmable. Solo en el cine se puede señalar lo infilmable. A medida que la filmografía de Martín Farina se fue desplegando, la eminencia de lo infilmable empezó a regir todas sus decisiones. No se trata simplemente de un "rasgo de estilo": lo infilmable es un elemento estructural del cine. Hasta las películas más previsibles son dirigidas por lo que no puede filmarse. Cuanto más esencial es un cineasta, más amigo se hace de eso.
En este sentido, El Fulgor es la obra maestra de Farina. Desde su inicio nos ubica en un ambiente sonoro rural, los rumores de la naturaleza, grillos, gruñidos, ladridos, voces humanas a lo lejos, mientras la pantalla está todavía en negro. Lo primero que se ve es una hilera de palos desenfocados que apenas dejan unas estrechas hendijas para vislumbrar el movimiento irregular de unos animales de ganado. El ganado remite a una organización económica humana y, lo vamos a ir descubriendo, también a una economía de las pulsiones.
Farina filma el campo argentino, es decir: filma un mundo, una forma de vida regulada por la fertilidad de la tierra, las armas erguidas, los falos enhiestos y una serie de rituales viriles. Si en la película aparecen solo varones, la función femenina no está omitida sino solapada. No se trata de filmar la "belleza del mundo", ese lugar común de los cineastas y la crítica reaccionarios, sino de exponer mediante el montaje una dialéctica -una tensión- entre la voluntad de extraer los recursos que la tierra prodiga -es un decir: la vaca no nos da la leche: se la sacamos- y una fuerza que se fuga de la conciencia y empuja la experiencia humana hacia los sueños individuales y las leyendas colectivas. La belleza surge como resultado de este desvelamiento y no como un atributo presupuesto del "mundo".
Es algo muy inusual en el cine argentino que el campo aparezca como lugar de disputas entre la economía del trabajo y las pulsiones eróticas. El refinamiento con que Farina recorta su mirada del campo -en dos sentidos: en los bordes de cada plano y en la cesura de su duración- transforma lo que podría ser un documental agrario o turístico en una experiencia de carácter alucinatorio. Así registra a la vez una singularidad de la economía rural/patriarcal y desata una potencia del cine.
En Argentina tenemos una profusa literatura agro-ganadera, con su distribución de jerarquías, géneros y atributos, pero faltaba una película que supiera ubicarse en la distancia crítica para hacer refulgir lo legendario como alucinación que expresa una verdad que la economía diurna impide ver. El Fulgor es esa película que se desliza desde la organización del tiempo cotidiano pautado por las tareas productivas hacia el mundo de los sueños y la leyenda. El campo deja de ser la reserva natural disponible a ser explotada por una planificación económica para ser el ámbito de lo legendario. Cuando digo "distancia crítica" no me refiero a lo que suele entenderse por "distanciamiento". En este sentido, Farina, y en El Fulgor más que nunca, va en dirección contraria: su estilo es el acercamiento hacia distancias focales críticas en las que aparecen las texturas de las pieles, las porosidades, la carne. Desde Fulboy en adelante se especializó en filmar los cuerpos como piel y carne, volúmenes pulsantes que la cámara roza en un punto de su foco. El arte del foco en los planos de su cine devino en una experiencia táctil. Su cámara no totaliza una figura antropomórfica sino que se sitúa tan cerca como para rozar su carnalidad. Filma eso que la piel humana tiene en común con los otros habitantes de la tierra.
El Fulgor está prefigurada por todas las películas anteriores de Farina, es la consumación de su programa poético. En El Hombre de Paso Piedra tuvo su primera aproximación a la vida rural, con el retrato de una corporalidad que todavía podía experimentar el mundo de manera geocéntrica, en pleno siglo XXI. En esa película notable el cineasta no jugaba a "observar" un mundo ajeno sino a perturbarlo e interrogarlo con un desvío onírico-musical. En Fulboy se acercaba críticamente a los cuerpos de los futbolistas, que usualmente funcionan como la superficie sobre la cual la sociedad del espectáculo proyecta sus deseos heroicos y, en cambio, los hacía aparecer en su carnalidad erógena para que hablen del modo en que el negocio deportivo reprime. En Mujer Nómade se propuso filmar un cuerpo atravesado por la filosofía -ese discurso rector-, para que el cine ayude a pensar en una dirección que las palabras omiten. En El Profes1on4l intervino en el espacio del rodaje de otro cineasta para manifestar el caos que las indicaciones de Raúl Perrone intentan desesperadamente conjurar. También hizo su propia trilogía familiar -Cuentos de chacales, El lugar de la desaparición, Los niños de Dios- para hurgar en los entresijos de su novela familiar y registrar los hiatos que el familiarismo esconde.
En todos los casos anteriores, las palabras funcionaban como eso que lo invisible pone en vilo. En El Fulgor, Farina por primera vez omite totalmente el discurso verbal: por eso cualquier texto que como este intente decir algo sobre la película debe admitir su naturaleza foránea. Hacer una sinopsis o aludir a su situación espacio-temporal -algo en lo que indefectiblemente va a caer la crítica disciplinaria en el momento en que le toque- desbarataría la refinada artesanía de la imagen y el sonido que el cineasta pone en obra. Como decía al principio, primero están los sonidos y las imágenes hurtados de los trabajos y los días del agro que, de manera sensual, se deslizan hacia el mundo encantado del sueño individual y la leyenda colectiva. La palabra "carnaval" tiene un tratamiento más rico en esta película, en el que resuena el vínculo semántico con la carne (carnelevare). El Fulgor es una película que le hace justicia a todas las connotaciones de lo carnavalesco. En el fondo del túnel que atraviesa, nos espera la leyenda del fauno. El fulgor nos deja suspendidos en la reversibilidad entre el régimen de la economía diurna y el deseo que fulgura en el sueño. ¿Cuál de estos dos ámbitos es el fundante y cuál es el fundado? Si acaso es posible detener esta vacilación.
[No todo lo que pueda decir fue dicho en este texto. Volveré a escribir sobre El Fulgor, pero todo lo que escriba partirá de estas premisas. Déjenme agregar que es una de las películas más hermosas que vi este año].
por Oscar Cuervo
Estos meses ya demasiado largos están atravesados por el luto y la inminencia de la muerte. No solo por la pandemia: en el plano colectivo y en el social estuvimos tratando de asimilar demasiadas pérdidas y nuestro mapa afectivo fue despoblándose de manera inquietante, con esa sensación de que la muerte pica cerca. Siempre fue así, pero hay algo en la época que ahora impide olvidarlo. En otros momentos el ajetreo diario nos hacía olvidar la inminencia pero en estos días los lutos se hicieron cotidianos. A veces pensé que era solo un problema mío o generacional -Pino Solanas, Horacio González, Gabo Ferro, Palo Pandolfo, Rosario Bléfari murieron en el término de pocos meses, sin dejarnos bajar la guardia, y ellos han sido pilares de nuestra historia. Un desconsuelo detrás de otro. Desde que escuché "Murder most foul", la última gran canción de Bob Dylan hasta el momento, me convencí de que el duelo responde más bien a un colapso epocal. Las muertes son también la extinción de una era. Se está muriendo una manera de habitar el futuro: el siglo xxi nos resultó complicado. La historia se afana en mostrarnos su lado más horrendo.
Quizás la película Luto, del gran cineasta Pablo Weber, vino a traer la pieza que me faltaba. Un año atrás ni conocía a Weber y de pronto en estos meses de confinamiento e incertidumbre hizo ya tres películas breves que lo volvieron ineludible. Forma parte de una generación novísima, ya no guarda lazo alguno con ese espectro denominado Nuevo Cine Argentino -especialmente él, no todos sus coetáneos, muchos de los cuales siguen pegados a las taras del cine noventista. Su cinematografía está enteramente concebida desde las posibilidades de la actual tecnología de la imagen. Más decisivo aún: no solo aprovecha de esa tecnología sino que la piensa: en sus tres películas esta imagen se presenta como tal y no como una simulación de la imagen cinematográfica anterior. Maneja diestramente esa tecnología, le sabe extraer su gélida belleza, por lo cual alguien lo podría llamar "cineasta experimental". Por las ideas que involucra su manejo de la imagen digital y su disposición hacia el futuro posible de eso que todavía se llama cine -a pesar de que nunca vi una película suya en una sala cinematográfica-, podríamos rotularlo como un cineasta inteligente. Pero hay un plus: en Luto Weber detecta algo que está ahora en el aire y lo transforma en una pieza emocionante. No hay que formar parte de ninguna secta cinéfila ni estar suscripto a revistas científicas para advertirlo. Luto es compleja y rigurosamente contemporánea pero también se siente con sencillez, está abierta a espectadores de cualquier palo, deletrea una lengua popular. Luego: la tercera obra de Weber lo consolida simplemente como artista.
La pieza que me faltaba: Luto evidencia que alguien de su edad (veintipico) percibe la inminencia de la muerte tanto como yo. Sin embargo, no cede a una atmósfera fúnebre. Al contrario, Luto rebosa de experiencias cercanas a la primera juventud, la mirada de la madre está continuamente presente.
Weber tiene como disparador la muerte de Diego -así se dice-, por una serie de fotografías tomadas el día que todos vivimos. A partir de ahí conjuga un verbo colectivo y popular. Algo muy difícil de lograr, más difícil que inventar una historia ingeniosa o diseñar una forma excéntrica, Luto acierta rotundamente en su entonación. Nunca se dará suficiente relevancia al rigor de la entonación -Stimmung dijeron los filósofos alemanes, Stemning escribió Kierkegaard. Toda obra artística, musical, literaria o cinematográfica juega su suerte en encontrar su tonalidad. En días de ver muchas películas, como los del reciente Festival de Mar del Plata, uno sufre mucho el tránsito por películas desafinadas: con conceptos novedosos, voluntad de innovación, búsqueda del impacto sofisticado, la mayoría de las películas encallan en una tonalidad desafinada. Cuando aparece una como Luto, que desde el primer al último minuto encuentra su entonación precisa, se agradece mucho. Weber en sus cortos anteriores había mostrado manejar muy bien el diseño de imagen digital pero es más decisivo su modo de marcar el ritmo, elegir el matiz de color exacto y encontrar el tono de voz necesario para que una meditación sobre la experiencia colectiva e íntima de la muerte no se vuelva solemne ni impostora: todas estas dimensiones forman un acorde.
Con un recurso que supo usar en Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse (2020), Weber vuelve a encarnar al protagonista desde el espacio off, es decir con su voz, narradora y protagónica. Bresson dijo que una voz falsa puede arruinar una película. Son centenares las películas arruinadas por voces falsas. Más allá de una psicodelia de la imagen que ya mostró manejar, Weber entona en sus dos películas recientes una voz cautivante. Logra la tonalidad precisa para decir el dolor y la angustia ante el ser frágil, usa un dialecto cordobés que hasta ahora nadie había hecho lucir en el cine como él, un acento que suma connotaciones y gracia al sentido de lo que relata. Ensaya una apariencia de deriva de la memoria que no respeta una linealidad y deja muchos huecos de sentido y muchos silencios, va hacia el núcleo candente de la emoción y del sentido mediante un merodeo de asociaciones que se acercan al dolor de dejar morir sin caer en la solemnidad. Logra pronunciar las sonrisas más melancólicas que hayamos escuchado en las películas argentinas.
Luto es una película sobre la memoria guardada en tiempos en los que el olvido nos acosa: con cada noticia de una muerte nos vemos urgidos a guardar una voz en la memoria, escuchar esa voz que corre el riesgo de borrarse. ¿Hay indicio más preciso de la finitud que la ansiedad por seguir escuchando la voz que se apaga en la memoria? En un precioso pasaje, la voz narradora de Luto entona los acentos cambiados de una canción del Ricky de Flema. ¿Cuántas voces se superponen ahí? Este conjuro supone la advertencia de la precariedad de la voz propia.
Weber parte de las imágenes tomadas el día de la muerte de Maradona pero suavemente se desliza hacia otras pérdidas más íntimas. Ya había planteado en sus películas anteriores el conflicto de cómo guardar en la memoria de las máquinas los archivos de existencias pretéritas. Acá la voz de Pablo dice que teme ir perdiendo paulatinamente los archivos fotográficos de una chica que acaba de morir. Construye una voz que dialoga con imágenes provenientes de representaciones científicas del siglo xix o actuales, como en sus cortos anteriores. Despliega la narración con destreza notable, con un efecto de verdad en la ficción que hizo vacilar a uno de los críticos más abombados que padecemos entre darle el pésame al cineasta o denunciarlo por estafador. Weber hizo vibrar una cuerda de la fantasmagoría que el arte logra solo ocasionalmente.
Hay algo en su poética que puede reconocerse como su singularidad: las experiencias que enuncia -humanas o alienígenas- fulguran en un contraste vertiginoso entre la pequeñez de la existencia individual y la inmensidad de la memoria geológica: tiempo condensado en un espacio geográfico. En Fragmentos desde el exilio, su primera película casi ni comentada, Weber creaba la perspectiva de una mirada alienígena que venía a observar los comportamientos humanos -y caía en Córdoba capital en la semana del triunfo del macrismo, es decir, en el mismo centro del infierno- y enviaba sus informes a una Central distante en años luz. El objetivo final de la Misión quedaba sin decirse pero uno de los archivos encontrados guardaba un episodio insignificante: un camionero que transportaba tecnología de punta hacía un alto en la ruta y se ponía a escuchar una canción que lo llevaba a recordar un momento feliz de su pasado. La conjunción entre la misión comandada desde la lejanía y la minúscula anécdota humana, la aguda disparidad de escalas, desataba un vértigo emotivo. ¿Qué podría comprenderse en la salvaje lejanía sobre esa memoria mínima de un humano incierto? En Luto Weber vuelve a recurrir a estas complejas mediaciones pero lo hace con aparente sencillez, como esas canciones que uno aprende a entonar en seguida a pesar de desconocer lo intrincado de su estructura armónica o la polirritmia de la voz cantada. El cine de Weber canta.
Terminado de ver las casi 8 horas de The Beatles: Get Back (Peter Jackson, 2021), emocionado y con varias ideas rondando en mi cabeza: fin de época, enero de 1970 y segundo fin de época: 50 años después, cuando Peter Jackson logra la proeza de hacernos comprender qué pasó ahí, qué terminó entonces, qué no se puede repetir y qué nos cabe hacer con todo eso. La actuación de John Paul George Ringo en la azotea, la última actuación en vivo de Los Beatles, es como el fin de una era que pudo haber empezado con la primera proyección cinematográfica de los Lumiere o con la primera sesión psicoanalítica de Freud o con el motín del acorazado Potemkin o con el mingitorio de Duchamp.
La hazaña del cineasta Peter Jackson es haber encontrado la forma del registro definitivo para ver a los Beatles en plena creación, con sus días de felicidad y sus peleas. Lo mejor, a diferencia de Let It Be (Michael Lindsay-Hogg, 1970), es que no es una película sobre los Beatles separándose, sino que, en base a las mismas 60 hs filmadas, Jackson muestra a los Beatles en plena tarea creativa. La calidad de imagen y de sonido es absolutamente asombrosa. La manera como van naciendo y mutando esas canciones inmortales que empiezan con una pequeña frase musical en medio de una improvisación permite meternos en el laboratorio de la belleza más grande que existió en los últimos 100 años. Es difícil concebir que aparezca un documento mejor, más directo y detallado, de un fenómeno artístico que excede ampliamente al género "rock". 50 años después esa música no parece haber envejecido un solo día. La diferencia con la amargura que dejaba la película Let It Be es total.