viernes, 17 de abril de 2009

Entre los muros



por Oscar A. Cuervo (dedicado al Lord)

Otra gran película estrenada en lo que va del año, además de Las horas del verano y Gomorra, también un film político como estos dos. Acá se trata de la escuela pública secundaria francesa contemporánea, llena de inmigrantes provenientes de las culturas más diversas. En un gran porcentaje todo transcurre en la clase de lengua y en menor medida en las reuniones de profesores o de los profesores con los padres de los chicos. La clase de lengua es la ocasión para que tantos hijos de inmigrantes se asimilen a la cultura francesa, pero también el ámbito en el que estallan los obstáculos de esa asimilación y hasta el riesgo de pasar por encima de las diferencias étnicas. La comunicación en el aula reproduce un verdadero campo de batalla por el sentido, entre un profesor joven, progresista y atento a los conflictos que aparecen y un grupo de chicos desafiantes, indóciles, a veces irrespetuosos, pero también de una luminosa inteligencia y una gran necesidad de reconocimiento. 

El film no es simplemente un retrato de la escuela francesa, porque ese aula es la caja de resonancia de los más agudos conflictos de la sociedad, más allá de esos muros. Por momentos, los chicos y los profesores parecen atrapados en una situación sin salida y la vieja estructura escolar, con un concepto de disciplina todavía demasiado rígido para el estado de disolución de los lazos sociales y la crisis de la noción de autoridad, no se muestra a la altura de tan complejo desafío. Lo mejor del film de Laurent Cantet es que su planteo político nunca se vuelve moralista, no pretende pedagogizar al espectador con ejemplos positivos, renuncia al esquema de víctimas y victimarios y deja un alto grado de indeterminación acerca de la posibilidad de que la escuela o la sociedad puedan resolver estos conflictos. Ni pesimista ni optimista, ni aleccionador ni acusador, el cine político contemporáneo se vuelve más relevante cuando suscita preguntas.

La eficacia del film se funda también en un claro sentido cinematográfico. Es sorprendente leer en los títulos finales que la película se basa en el libro del profesor François Bégaudeau, que no es otro que el actor que protagoniza Entre los muros. En realidad no se trata de una adaptación literaria, sino de una transposición de la experiencia cercana al documental. Bégaudeau escribió el libro recogiendo su propia experiencia como profesor y luego, junto con el director del film, armaron una situación escolar con altos márgenes para la improvisación, con chicos que tampoco son actores profesionales, a partir de las premisas que el cineasta y el profesor/protagonista planteaban. La cámara en mano se mueve con libertad, captando con nervio admirable las reacciones de los personajes. Las "actuaciones" (si es lícito llamarlas así) son de una frescura que quizá no se hubiera logrado con actores profesionales; el desempeño del profesor/autor/protagonista alcanza una sutileza y una intensidad notables.

Lo bueno de una película como Entre los muros es que invita continuamente a pensar sin bajar línea. La situación de la escuela francesa parece inmensamente mejor que la del sistema educativo argentino, pero hay un punto en que los problemas se parecen.

jueves, 16 de abril de 2009

Las hordas indignadas



por Oscar A. Cuervo

Ayer a la noche en la localidad de Lanús un chico de 14 años asesinó a un hombre de 45. El chico intentaba robar el auto del hombre, sonó la alarma, el hombre salió y el chico le disparó seis tiros con una pistola de calibre 9mm. El menor homicida intentó escapar pero los vecinos lo atraparon. Después llegaron al lugar un fiscal y una patrulla policial. Los vecinos adoptaron la actitud de una horda linchadora y agredieron física y verbalmente al fiscal que iba a investigar.

Un asesinato, sean quienes fueren la víctima y el victimario, es siempre un hecho trágico. Las sociedades civilizadas tienen un solo modo de encararlos: en juicios donde se contemplen las garantías jurídicas para todos los involucrados.

Inducir a una sociedad hacia prácticas de linchamiento es un retroceso gravísimo, que excede cualquier consideración jurídica. La constante instrumentación política de los casos delictivos, instrumentación que alientan con propósitos no declarados los grandes pools de comunicación, contribuye a agravar la situación: a los delitos particulares les sumamos la barbarie colectiva. Esos vecinos que actúan como hordas sedientas de sangre están movidos por la indignación, una forma particular de la pasión caracterizada por la necesidad de resolver los conflictos más complejos mediante reacciones primarias. La indignación es siempre una fuga ante la conflictividad de lo real.

Dice el hijo del hombre asesinado: "Que Scioli y la Presidenta me vengan a explicar cómo un pibe de 14 años me sacó a mi papá. ¿Recién se va a hacer algo cuándo le maten un hijo a Cristina? Si un chico de 14 años tiene huevos para salir con un arma a la calle, que tenga los huevos para enfrentar las consecuencias de esto".

¿Qué tendrían que hacer Scioli y la Presidenta? ¿Qué será para el hijo de la víctima "hacer algo"? ¿Qué tienen que ver los huevos con la justicia? Es comprensible la desesperación del hijo de la víctima. Pero también es detectable en sus palabras la reproducción de un lugar común altamente politizado, que en realidad desprecia a la justicia, un clisé inculcado desde sectores que quieren arrasar con la justicia. El hijo de la víctima y las hordas linchadoras de Lanús son cobayos sometidos al constante experimento de la Naranja Mecánica que practican los medios de comunicación concentrados. Uno de los factores que contribuirían a desmontar esta escalada de violencia es una nueva legislación que termine con la hiperconcentración de los medios de comunicación.

La indignación no puede marcarle el paso a la política ni a la justicia. La única manera de evitar el fomento de la barbarie es la discusión política y no conceder ninguna autoridad al lenguaje de la indignación fomentado por los grandes medios y reproducido por las propias víctimas.

Prividera: "conmigo no confrontes más"; respuesta


Nicolàs Prividera dijo...

"Cuervo: alguien tuvo la deferencia de advertirme que en tu blog seguìs esparciendo no solo mala leche, sino mentiras. Lo primero es fiel a tu estilo, por lo que lo segundo no me extraña.
"Pero cualquiera que se tome el trabajo de ver los commnets en LLP podrà ver que fuiste vos quien entraste al post con los tapones de punta, diciendo que la nota era de un "stalinismo rancio".
"Yo simplemente te contestè, y terminè con la frse: gracias por las lecciones de cine y stalinismo, sos el mejor ejemplo", en referencia a ese comentario abyecto.
"Y jamàs podrìa decir que sos deleuziano (a lo sumo leiste mucho a Heidegger y te pegò mal). Lo que dije es que la nota se ocupaba de pensar si la concentraciòn en lo "molecular" no nos dejaba ver que se habìa constituido una nueva formaciòn "molar", en terminos de vulgata deleuziana, de la que seguramente nos podrìas dar càtedra (por tus probados estudios, no por tus dudosas convicciones).
No podrìas ser deleuziano ni stalinista (aunque ambas cosas juntas no son imposibles: hace poco se hizo publico que en ls escuelas militares se enseña "El Anti-Edipo"...)No te da el pinè para ninguna de las dos cosas.
Asì que opina todo lo que quieras (si es posible usa la sutileza que usaste en la nota, y no muestres la hiolacha como cuando fui a tu programa de radio), pero conmigo no confrontes mas, visto que te parece tan mal lo que pienso, etc. Con leer lo que escribo alcanza, aunque vos te empeñes en leerme".


Respuesta

Prividera:

Cualquiera se puede tomar el trabajo de leer el debate en LLP, desde el momento en que puse los links correspondientes, de modo que el lector de este blog tiene entera libertad para constatar si los pasajes que yo cito y el resumen que hago tienen alguna fidelidad con lo dicho allí. Obviamente esa masa de palabras se puede editar de muchas maneras, vos lo hacés a tu modo y yo al mío. El lector puede hacer el suyo.

Efectivamente yo creo que cultivás un estalinismo rancio, aunque la precisión de mi caracterización es discutible. Creo que toda tu intervención se basa en la tesis de que los cineastas deben pensarse concientemente como actores de una política, lo cual equivale a pensarse como "sujeto colectivo". Se trata de una afirmación dogmática y difícil de traducir en términos cinematográficos y artísticos en general. Tu posición sacerdotal te lleva a condenar como banales, posmodernas y retrógradas a moles enteras de la producción cinematográfica, sólo porque no sos capaz de encontrar en la particularidad de cada película la conciencia política y el sujeto colectivo que exigís.

Conciencia política y sujeto colectivo son conceptos sumamente problemáticos, sobre los que se podría discutir ampliamente, así como se podría discutir acerca de su pertinencia y sus límites en el diálogo con las obras de arte. Se los podría usar con precaución, con cierta conciencia de su precariedad epistemológica y no naturalizarlos como si fueran evidencias empíricas. A vos, la naturalización de estos conceptos (conciencia política y sujeto colectivo) te lleva, por ejemplo, a decir que los cines de Rohmer y de Miguel Gomes son de derecha, que llevan a conciliarse con el sistema capitalista, también te hace decir que el planteo de Los muertos es de una circularidad retrógrada y de un naturalismo reaccionario.

Cuando emitís esos anatemas desde tu púlpito (no puedo evitar sonreir al reproducirlos) no tenés la amabilidad de explicarles a tus lectores en qué términos específicamente cinematográficos se basa esa condena moral/política a las obras de Rohmer o Alonso (en tus Juicios se confunde constantemente moral con política, pero la verdad es que en esas condenas hay más exigencia moralista que reflexión política). Parece que sólo encontrás conciencia política y sujetos colectivos en la literalidad de los temas que trata un film; de ese modo Alonso esquiva la política porque en sus films no se habla de política y porque se habla poco en general.

Tu idea de conciencia política y de sujeto colectivo parece ilustrarse en una escena ubicada casi al final de tu film M, en la que te subís a un púlpito a repartir culpas a diestra y siniestra; después dejás en la edición el aplauso que tu auditorio, amedrentado por tu tono indignado, te dedica. Esa exposición de tu autoadjudicado rol de fiscal de la Historia es lo más interesante de M, impresiona verte todo el tiempo condenando a aquellos que no hacen lo que vos creés que tienen que hacer: asumirse concientemente como sujeto colectivo. Cinematográficamente sos un personaje hiperbólico muy atractivo y yo siempre te agradeceré que como editor y realizador hayas mantenido esa ofuscada sobreactuación que practicás, para que la pantalla nos permita captar la relación entre tu moralismo y tu enojo, para que tus exigencias y Juicios dirigidos al resto del mundo se dejen ver en pantalla y el que ve la película pueda hacerse una idea de cómo unas consignas políticas se encarnan en personas concretas. Siempre dije que ese es el valor de tu film.

Otra cosa es cuando el Fiscal de la Historia sigue condenando fuera de la pantalla a sus colegas cineastas, a sus espectadores e incluso a sus interlocutores en un debate. En ese caso yo prefiero reponderte y poner en duda tu autoridad moral y tu inteligencia política, es decir, prefiero discutirte desde una posición evidentemente muy distinta. Otros en el debate LLP se conmueven y hasta te ruegan disculpas por haber osado discutir con el hijo de una desaparecida, como si esta condición te confiriera una autoridad intangible. Ese chantaje emocional me parece patético.

Yo me permito dudar de tu uso acrítico de los imperativos políticos y por ende paso a formar parte, en tu borrascosa imaginación, del grupo de los postestrucutralistas de la vieja generación que llegó tarde a los 70 y temprano a los 90, soy un filósofo cool al que mandás a dar cátedra de Deleuze. El procedimiento es el mismo que te permite tildar al cine de Rohmer de derechista y al de Alonso de retrógrado: en los tres casos no entramos en tu violenta distribución de roles entre los que hablan de cara a la Historia (siempre en mayúsculas) y los despreciables que no tienen conciencia política ni compromiso.

A mí se me ocurrió que esta tosca visión del mundo que proclamás más allá de tu personaje cinematográfico podría denominarse estalinismo rancio, me hizo acordar a las condenas que recibió Eisenstein de parte del comité por considerarlo un Formalista con desviaciones burguesas. También me hacés acordar a los estalinistas que a mediados del siglo XX proponían quemar los textos de Kafka por responder a un individualismo paralizante y reaccionario. Creo que compartís con estos incineradores una misma incapacidad para ver que el arte puede desplegar matices más problemáticos que las dicotomías de "izquierda" y "derecha", de "revolucionarios" y "reaccionarios", matices que la brutal retórica politiquera no pueden detectar. Creo que ese es el servicio que el arte le puede hacer a la humanidad, una fertilidad de sentidos que se resisten a reducirse a meras consignas de barricada o púlpito.

Que el arte no tenga por qué someterse a toscos imperativos políticos no significa que el arte no tenga una dimensión política, ni que el arte no pueda mantener una intercambio tenso con el discurso politico, sino que no es la política el tribunal en el que se decide el valor del arte. Probablemente esta afirmación de las relativas autonomías de arte y política (lo que no quiere decir su absoluta separación) es la que te lleve a condenarme como un relativista postmoderno. Más de lo mismo.

En cuanto a la vulgata deleuziana, yo la extraje de tus palabras, la distinción entre molar y molecular la propusiste vos para justificar la carencia de base empírica en tu descalificación en masa de generaciones enteras. Vos llamás "molar" al uso acrítico que hacés de las categorías morales que adjudicás (más moral que molar); no hace falta explicar el caracter reaccionario del cine de Alonso, basta con referir que el personaje deambula sin rumbo preciso, basta esa pobre referencia a la sinopsis del film para condenarlo por reaccionario. No es que vos tengas una visión molar del fenómeno, lo que tenés son prejuicios marmóreos que no necesitan jamás prestar atención a la diversidad de las cosas.

En cuanto a tus nuevos dictámenes acerca de mi capacidad para dar clases de filosofía, siguen siendo una muy buena ilustración de tu pulsión fiscalizadora. Jamás has estado en un lugar donde yo haya hablado de Heidegger (de Deleuze o de los postestructuralistas casi no hablo), pero a vos esto no te hace falta, porque vos sobrevolás desde las Alturas de la Historia, lo que también te permite afirmar que el pensamiento heideggeriano conduce al nazismo (ver LLP). Son ejemplos moleculares de tu misma brutalidad intelectual.

Gracias por los consejos acerca de cómo y de qué debo seguir hablando. No serán tenidos en cuenta. Voy a seguir hablando y escribiendo como me cuadre, a veces mejor y muchas veces peor. Alguna vez de vos (si me parece voy a seguir confrontando, no tengo en cuenta tus órdenes) y muchas otras veces no. Si te gustó más el análisis escrito de tu película y te sentiste maltratado en mi programa de radio, pongo a tu disposición las grabaciones de dichos programas, para que con precisión puedas señalar cuáles fueron mis pecados y qué penitencia me cabe.

Los gags de Rumba



por Martha Silva

Rumba, la historia de una pareja de profesores que a la vez son campeones de baile tropical, tiene la particularidad de ser parcialmente muda. Los intérpretes apelan a gestos y situaciones que incluyen gags, que no son cómicos sino tristísimos.

Un ejemplo: cuando Fiona vuelve a dar clase después del accidente por el cual pierde una pierna, no puede sentarse porque de continuo se le caen las muletas. Los alumnos tienen la consigna de no prestarle ayuda para que no se sienta disminuída. El espectador mira para otro lado.

Otro es un gag muy extenso en el que ella está estrenando una pierna de madera y en medio de una fogata para quemar los trofeos de baile se le incendia la pierna; el fuego arrasa con la vivienda de ambos. Es bueno agregar que ya no pueden bailar, ella por obvias razones y Dom porque ha perdido la memoria y olvida la coreografía.

Pero ¿qué es un gag? Patrice Pavis lo define en su Diccionario Teatral como un efecto burlesco, un sketch cómico que parece improvisado por el actor y que es realizado visualmente a partir de objetos o de situaciones inusuales. El gag, que en el teatro se denomina lazzi, sube la temperatura -tanto en cine como en teatro- y tiene la función de acentuar la comicidad. En este film del trío Courage mon amour surte un efecto depresor.

Fernando Martín Peña. en Gag, la comedia en el Cine, sostiene que nadie ha podido rescatar con palabras la parte sensible del gag. Contamos cualquiera de ellos y lo que queda es un armazón que entendemos, pero ya no tiene gracia. No se puede abrir lo que es hermético, decía al respecto Pierre Etaix (fue asistente de Jacques Tati en Mi tío, y algo sabía de estas cosas). Eduardo Russo, por su parte, adjudica al gag una función subversiva y esto se verifica en Rumba, potenciado.

Otro elemento inusual en esta película es su música: se trata de una producción franco-belga en la que andan locos por la rumba, música de origen cubano. Además, las letras de Obsesión y de Sombras nada más cuentan esta muda historia de pérdidas y desgracias. Del pasaje más horrendo/ de este drama sin final.

Sus sombras bailarán por ellos en la pared, como si nada hubiera sucedido, en el colmo de la belleza y del estoicismo.