A Vidal le cortan el rostro en un timbreo:




miércoles, 7 de marzo de 2018

Las elecciones italianas de 2018: del escarmiento a la esperanza y a la inquietud



por Lidia Ferrari
Treviso, Italia, marzo de 2018

Difícil hacer un comentario en una Italia que se despierta con unos resultados en sus elecciones que cambian sustancialmente el panorama político. Lo cambian por quiénes son los que triunfan y quiénes son los derrotados de estas elecciones. Los que triunfan sin duda son el M5S, que saca más del 32% de los votos y resulta primer partido nacional. Ha vencido estrepitosamente en el Sur de Italia, ese sur que, con la cuestión meridional como la llaman aquí, sigue siendo el gran problema que divide a Italia en ricos y pobres. El Sur ha apostado al M5S porque ya ha tenido demasiado de promesas y de olvidos. La otra fuerza que gana (sobre todo en el norte) es la de la derecha nacionalista y xenófoba de la Lega, que en una época se llamaba Lega Nord, porque para ellos el enemigo era el sud. Su lema era Roma Ladra (Roma ladrona) y sus enemigos los vagos meridionales que no quieren trabajar. En el último tiempo han cambiado y el enemigo también tiene la piel oscura, un poco más oscura que los meridionales: los inmigrantes extranjeros. Se desplazó de los meridionales a los extranjeros, porque los meridionales son italianos y votan. Así que decidieron no ser más la Lega Nord (reclamando la autonomía) y ser Lega a secas. Se trata de la derecha que florece en Europa frente a los problemas europeos, aquella que en Italia retorna quizá desde la nostalgia de unas raíces musolinianas, que nunca dejaron de anidar en el cuore de cierta parte del pueblo italiano pero, sobre todo, por esa especie de odio inoculado hacia el extranjero que se extiende por doquier.

El M5S se presentó como partido sin aliados, lo viene sosteniendo desde su reciente origen, no aceptar “inciuci” (pactos no santos) con quienes han hundido al país. En cambio, la derecha fue a las elecciones en coalición con varios partidos, entre ellos la Lega y el partido de Berlusconi. Sí, Berlusconi. Aún en carrera, también fue uno de los derrotados, pues sacó apenas el 14% de los votos y su dinero, poder, medios e hipocresía no bastaron para sumarle más votos. Pero el gran derrotado, casi humillado, es el PD y su capo hasta ahora, Renzi. El partido representativo de la izquierda italiana, como las izquierdas europeas que una a una han visto su derrota en los últimos tiempos, no llega al 20% de los votos. Gobernó en los últimos 5 años siguiendo las recetas neoliberales de la derecha. Su derrota no hace sino confirmar que la defección de la izquierda europea en lo que debería haber sido su programática para seguir siendo de izquierdas ha tenido su merecido escarmiento. El voto popular ha dado su veredicto. El electorado no tenía nada que esperar ni del PD ni de Berlusconi.

Los votos del 4 de marzo de 2018 vienen alimentados también de esperanza. Esperanza de que las cosas cambien. Ya sea desde el novísimo M5S que reafirma que no es de izquierda ni de derecha; ya sea desde la derecha de la Lega (con un perfil inquietante), la gente ha elegido algo que pueda cambiar este rostro actual de una Italia que tiene un porcentaje altísimo de desocupación juvenil, que ya no es la Italia de los ’60 (floreciente y rica), ni la de los ’90 berlusconiana. La Italia del 2018 es la de un país europeo que se ha visto esquilmado por los planes neoliberales que saquean a todos los países. Italia, a la que han dejado sola con el problema de la inmigración, gestionada por una Europa que decidió que el problema de los inmigrantes era sólo de Italia, a cambio de dinero. La cuestión inmigrante, como la cuestión meridional, nunca pensada ni solucionada, ha sido tomada a cargo por las mafias y las prebendas políticas que encuentran que el negocio de los inmigrantes es eso, un gran negocio. La respuesta a la inmigración desde la Lega es clara, responder con la exclusión y la xenofobia. La Italia de 2018 tiene problemas específicos y problemas que son efectos de su lugar en una Europa menos comunitaria de lo que dice su nombre.

Ahora empieza la guerra de cómo formar un gobierno. Porque Italia tiene un sistema electoral por el cual, cuando no hay alguna fuerza con más de 40%, se debe negociar entre los partidos mayores para la formación de un gobierno. Aquí comienza la partida crucial. El M5S es el partido que reúne más del 32% de los votos, pero la Lega (19%) con sus socios llegan como coalición al 37%. Quién gobernará, cómo se formará el gobierno próximo, es algo que requiere más las dotes de adivino que de analista político.

Lo que es cierto es que los italianos se han “roto i coglioni” (hinchado las p...) con los que han gobernado hasta ahora para los grandes intereses. Como sucede por todos lados. Hasta ahora los grandes poderes corporativos han dejado tranquilo al país mientras ha cumplido con las prescripciones de Bruselas y Berlín. Lo que no se sabe es por cuánto dejarán tranquilo al país si llega a gobernar un partido como el M5S, del que no sabemos mucho cómo transcurrirá su aventura, porque es todo nuevo para ellos. En este momento, son una expresión clara del fenómeno populista de la lógica de Ernesto Laclau, en el sentido de la construcción de una hegemonía desde la articulación equivalencial de las demandas insatisfechas de toda Italia. El M5S es un buen ejemplo de lo que significa el carácter contingente de la construcción política. No sabemos cómo gobernarán. Pero el pueblo italiano decidió apostar por ellos porque levantan dos banderas bastante accesorias de acuerdo a lo que se piensa tradicionalmente como programa político. Una es la del triunfo de la honestidad. En el país exportador de mafias y con una clase política que debería habitar más las cárceles que el parlamento. No es algo accesorio que un slogan como “se pondrá de moda la honestidad” se vuelva programa político. En esa línea, desde que llegaron al parlamento con cerca de 160 parlamentarios, se han reducido su salario en un porcentaje importante y han hecho un pozo común para la pequeña y mediana empresa. En un país con un parlamento de 950 personas con salarios que cuestan al país una fortuna anual, con políticos aferrados a su poltrona desde hace 40 años, quizá la propuesta es más innovativa de lo que parece ser. Su propuesta de “redito di citadinanza” también es una propuesta que intenta innovar en este mundo que se aleja del trabajo y de la redistribución de la riqueza.

De allí que el M5S, movimiento surgido de la inquietud y del hartazgo de un cómico, Beppe Grillo, mentor pero candidato a nada, que en cuatro años ha llegado a ser el primer partido de Italia, ya ha escrito un capítulo importante de la historia política de Italia. La que ha dado a Maquiavelo, al PC más grande de Europa y a Gramsci, entre otros. ¿Que este M5S no está a la altura de estos nombres? Europa, en este año de 2018, no está dando señales de transformaciones políticas acordes a su legado histórico.

De todos modos, la atipicidad del M5S merece ser pensada con categorías nuevas. Para los argentinos que quieran aproximarse a entender al M5S quizá pueda servir de ayuda pensar en el peronismo, ese peronismo que cuando queremos explicarlo a un no argentino no encontramos las palabras y las categorías para hacerlo. Ese que tampoco muchos argentinos comprenden. El M5S, en la amplitud de la base que lo sigue, se parece un poco al peronismo. Tienen un pequeño menudo problema. No tienen a Perón.

En esta especie de limbo que durará hasta que se forme un gobierno, y sin poseer poderes de adivinación, sólo resta un deseo, que la Lega y la coalición de derechas no forme gobierno ni tenga poder para decidir los destinos de Italia.

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