martes, 30 de diciembre de 2025

Alguien sabe algo

Dice Lucrecia Martel:

"Y la tecnología nunca fue sólo un subproducto de la ciencia, sino una manifestación material de la concentración de capital en gigantescas compañías que funcionan como Estados planetarios, a cuyos dueños conocemos más que a los presidentes de otras naciones. Contracción del espacio vital y expansión asombrosa del capital concentrado: la idea misma de nación parece diluirse.

"Tienen que “alimentar” las redes: ahí ya te das cuenta de que la red es un ser vivo. Ya dejó de ser una red social, es un organismo que le está consumiendo el tiempo a la gente desde todo punto de vista. Pero lo que digo es que la velocidad de la historia se aceleró tanto, y te digo en los últimos 10 años la aceleración es para mí increíblemente mayor. Y esa aceleración es muy difícil para nuestros organismos; no sé si llegan a modificar nuestros organismos, pero para nosotros es muy difícil ir a esa velocidad de sustitución. Y hay una tristeza y una angustia y algo que requiere de ideas, no de ocurrencias. Y eso es lo que yo veo que está difícil de manejar. Ese ánimo, ese sentimiento que es mucho más orgánico. Que te hace levantarte a la mañana con dificultad, sin mucha esperanza. Y que no es ni este gobierno ni el otro gobierno ni la futura guerra".

Nota de laotra21: Terminar 2025 con una buena noticia. En un ambiente enrarecido por voces que nos invitan a desertar, a acomodarse a la realidad con un gesto pseudo-desobediente, que modulan variaciones de su fracaso como si fuera el de todos -"nadie sabe nada" dicen con mirada vidriosa- hay por lo menos una mujer, y es cineasta, que está pensando en afinar las palabras y prepararnos para una tarea.

Estas ideas las expresa Lucrecia en una entrevista reciente a Infobae, a propósito del libro que acaba de publicar, "Un destino común".

Gracias a @pedrog7274 quien me resaltó estos párrafos.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

La nueva obediencia

Pasolini, a 50 años de su asesinato


Hace unos años los significados de las palabras "obediencia" y "desobediencia" eran profundamente distintos: "obediencia" todavía provocaba el horrible sentimiento que arrastraba tras décadas de contrarreforma, clericalismo y de fascismo; mientras que la palabra "desobediencia" todavía significaba el maravilloso sentimiento que daba el rebelarse contra todo eso. 

Todo eso, contrariamente a cualquier lógica histórica, no fue desplazado por una rebelión de los desobedientes sino, inesperadamente, por la primera gran revolución auténtica de la derecha capitalista. La característica más clara de esta revolución capitalista es su carácter destructor: su primera exigencia es desembarazarse de un universo moral que le impide la expansión. 


Jóvenes que encarnan la pérdida de los valores y no hallaron los valores de una nueva cultura aceptan con descaro y violencia los valores de la cultura del consumo y a la vez simulan una rebeldía retórica. 

Para todos estos jóvenes es válido el modelo del “desobediente”. Ninguno de ellos se considera “obediente”. En realidad, las palabras han invertido su significado: de acuerdo con la ideología destructora del neocapitalismo, el que se cree desobediente y se exhibe como tal es en realidad obediente. El que disiente de este proceso destructor y es considerado obediente por creer en los valores que el capitalismo está destruyendo resulta ser, por tanto, el auténtico desobediente. La destrucción es el signo dominante de este modelo de falsa desobediencia (falta de respeto, burla, desprecio por la piedad) en la que consiste hoy la obediencia de siempre. 

Pier Paolo Pasolini, fragmentos de su carta a Marco Panella, Corriere della Sera, 18 de julio de 1975. Publicado en Cartas luteranas. Adaptado por La otra.

martes, 9 de diciembre de 2025

El Indio y Charly, los cuerpos de los dos



Es muy conmovedor ver a los dos máximos exponentes vivos del rock argentino tal como ellos mismos eligen exponerse hoy ante una sociedad que los adora. Charly y el Indio son las dos figuras que hoy encarnan corrientes de amor y autoridad muy profundas, algo que por ejemplo ningún político logra. Hubo épocas en las que las carreras de ambos se forjaron, que fueron muy difíciles para ellos y en un tiempo muy prolongado tuvieron que atravesar desiertos sin conquistar el consenso social. Puede decirse que los dos fueron guerreros de su arte, que las posiciones que encarnaron no gozaron de la benevolencia generalizada en la etapa que hicieron sus mejores obras y arriesgaron una posición de verdad que los puso en peligro. Hoy los cuerpos de los dos, El Indio y Charly, muestran toda su fragilidad, en contraste con la potencia de sus obras. Y los dos deciden ofrendar sus cuerpos ya muy debilitados, como una forma paradójica de fortaleza indeclinable. Ver al Indio tembloroso, a Charly con su dificultad para hablar y su mirada algo absorta, es muy emocionante. Es curioso este final de ciclo para los dos grandes exponentes del rock argentino. Hay algo de ofrenda en su manera de salir al espacio público, a la mirada de todos. El rock, que empezó siendo el rito de los cuerpos indomitos y ágiles, termina ofrendando una manera de envejecer. Ellos no mueren jóvenes ni dejan cadáveres hermosos. Se muestran sin filtros de Instagram ni prácticas negacionistas de la vejez y la muerte.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Cruza el amor por el puente

El príncipe de Nanawa, una de las grandes películas del año


Ya estás aquí 
y el paso que dimos 
es causa y es efecto 
cruza el amor 
yo cruzaré los dedos 
y gracias por venir...

El príncipe de Nanawa es una película que Clarisa Navas filmó a lo largo de diez años, documentando la vida de Ángel, un chico que vive en el territorio de frontera entre Argentina y Paraguay, en la localidad de Nanawa. A través de las imágenes que el propio Ángel comienza a filmar desde sus nueve años, con la cámara que le provee Clarisa cuando tienden una amistad, el documental muestra su paso de la niñez a la adolescencia, explorando su vida y la de su comunidad, marcada por el tráfico, las ausencias y una potente capacidad de resistencia a las adversidades.

El plano que Navas elige para empezar la película es el puente que une Nanawa con Formosa. Ese plano condensa el sentido de las tres horas y media que siguen y se transforma en su principio contructivo. Hay múltiples dimensiones en las que este símbolo opera. La película utiliza el puente no solo como un elemento físico recurrente, sino como una metáfora central y un dispositivo estructural que organiza el relato y sus significados en varios niveles entrelazados: 


- La frontera es puente físico y espacial: ese plano inicial establece inmediatamente el escenario y el conflicto principal. La frontera es un espacio de tránsito, de separación pero también de conexión entre realidades contrapuestas. Es el lugar donde vive Ángel y que cruza varias veces en el transcurso de los años que la película registra.

- El crecimiento: la película es en sí misma un puente que reúne diez años de la vida de Ángel, documentando el fluir del tiempo y su paso a la adultez, un logro cinematográfico ambicioso y que Clarisa y Ángel sostienen con su decisión de seguir prolongando su vínculo, aunque en ese tránsito ninguno de los dos sepa con certeza si el material que filman decantará en una película. El príncipe de Nanawa se va desencubriendo tanto para la pareja de autores como luego para los espectadores. 


- El amor como puente: La relación entre la cineasta -Navas, una joven correntina- y el protagonista -Ángel, un niño paraguayo- nace precisamente en ese punto fronterizo. La decisión de filmarlo es el acto que tiende un puente amoroso que transforma sus vidas y el proyecto mismo. Sus vidas cambian a partir de la existencia del proyecto y recíprocamente la película terminada les cambia la vida. Navas presenta la película en la 56ª edición del Festival Internacional de Cine de Nyon Visions du Réel y gana el Gran Premio del Jurado. Ángel viaja a Europa junto a su amiga cineasta y la película que cuenta su vida.

- Un puente entre modos de vida: Gracias a la película/puente se conectan experiencias vitales diversas, como un puente hacia los espectadores, que acceden a una realidad social muy diferente a las suyas. La vida en la frontera y las grandes ciudades en las que la película se exhibe rompen barreras de invisibilidad.


- El patriarcado y la mirada queer: El príncipe de Nanawa tiende, con delicadeza y sagacidad, un puente entre la mirada queer del equipo que la realiza y los mandatos de masculinidad y los roles tradicionales que circundan a Ángel. Es una exploración de identidades, mandatos y opciones de vida a la que ambos se brindan sin rigidez ni juicios definitivos. El hermoso y extenso plano final, en el que Ángel agita el chochecito de su bebé para hacerlo dormir, funciona como una apertura incierta, inquietante o feliz, de su devenir padre. La película indica que su último corte no clausura el tiempo de la vida ni define qué modelo prevalecerá.

- Los tiempos del cine: La película crea un puente entre el tiempo vivido y el tiempo cinematográfico. Su mera existencia logra extender y preservar la experiencia de ese tiempo, modificando la realidad al documentarla. 


En suma, el puente es una metáfora rica y polisémica que vertebra la narrativa y la propuesta estética de El príncipe de Nanawa. El plano inicial no es solo un comienzo, sino una declaración de intenciones que condensa todos estos sentidos, cuya resonancia se expande a medida que avanza la película y también en la medida en la que la película se da a conocer en el mundo. El texto que aquí termina cruza el puente.   

(El príncipe de Nanawa se sigue proyectando los domingos de diciembre a las 20:00 hs. en el MALBA)