Santiago Maldonado

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Con vida te queremos

miércoles, 16 de octubre de 2013

Vampira 4: Reciprocidad

Vampira episodio 1: "La conversión" 1 acáepisodio 2: "La visita" acáepisodio 3: "El asco" acáy ahora... episodio 4:


por Julieta Eme

Caminaba por una calle paralela a las vías del tren. Pasé por una cortada. Escuché una pelea. Un hombre y una mujer. Miré hacia arriba. Venía del octavo piso, balcón a la calle. Como no quería dar un espectáculo trepando por el frente del edificio, esperé a que alguien saliera para entrar. Salió un hombre a pasear a su perro. Entré. Subí por el ascensor hasta el noveno piso. Subí las escaleras hasta la terraza. Y desde ahí bajé hasta el balcón del octavo. Corrí una de las hojas de vidrio y entré al living. El hombre y la mujer discutían en la habitación. En el living, había un escritorio con un televisor LCD, un sillón y una mesa con un mantel y dos sillas. En la pared opuesta a la mesa había una mancha, a la altura de mi cabeza, como si alguien hubiera arrojado comida. Una porción de pizza estaba desparramada en el piso, cerca del zócalo. Todas las luces del living estaban prendidas. Las de la cocina también. Pero la tenue luz que venía de la habitación principal indicaba que sólo estaban prendidos los veladores. Intuí que en ese cuarto, todo era más oscuro.

Atravesé el living y llegué hasta la entrada del pasillo. El baño estaba al final. Las dos habitaciones del departamento daban a la calle y ambas estaban a mi derecha. La primera, bastante chica, funcionaba como estudio, supuse, ya que había otro escritorio con una computadora y una biblioteca. La segunda era la habitación matrimonial.

Avancé unos pasos más y me ubiqué debajo del marco de la puerta de la habitación doble. Era una habitación grande. Entraba la cama matrimonial, que estaba perpendicular a mí, y un pequeño escritorio, contra la pared opuesta a la pared de la cabecera de la cama, muy cerca de la ventana. Ella estaba sentada en una silla de esas que se pliegan, con los codos apoyados sobre el escritorio y la cabeza entre sus manos. Él estaba detrás de ella. Ninguno de los dos me vio. Yo los veía a los dos de perfil. En cierto momento, el hombre tomó la silla por el respaldo, la levantó y la corrió hacia atrás. Todo fue muy rápido. Ni ella ni yo lo vimos venir. Creo que ninguna de las dos imaginó que el tipo tuviera tanta fuerza. Como consecuencia de la acción del hombre, la mujer cayó al piso inmediatamente. Al caer, se golpeó el mentón con el borde del escritorio. Luego de la caída, se tomó la boca y empezó a llorar. Por el dolor, seguramente. Y por la impotencia, pensé.

Recién entonces él advirtió mi presencia. ¿Qué hacía una mujer parada en la puerta de su habitación? Empezó a gritarme preguntándome quién era y qué hacía ahí. Esquivó a la chica, que seguía llorando en el piso, y se adelantó por la habitación en dirección a mí. Yo también me adelanté unos pasos. Nos encontramos a mitad de camino. Lo empujé sobre la cama. El hombre quiso incorporarse pero enseguida me subí sobre él, con una pierna a cada lado de su cuerpo. Hice que pegara su espalda contra el colchón y le sostuve los brazos abiertos en forma de cruz. El tipo me miraba con una rabia tremenda. Yo, para qué negarlo, sentía una especie de satisfacción. Intentó forcejear un poco. Finalmente, le solté uno de los brazos. Y antes de que él pudiera hacer nada, le abrí la garganta y tomé toda la sangre que pude.

Después de unos minutos, me acordé de que ella seguía en la habitación. Estaba mirándome, un poco asustada. Todavía estaba sentada en el piso. Dejé el cuerpo de su marido, o novio, o lo que fuera, y me paré al lado de la cama. Ella se paró también y empezó a caminar hacia mí. Yo empecé a retroceder. Era flaca y tenía más o menos mi altura. Estaba vestida con unas calzas negras y una remera de mangas largas roja. Era morocha, con el pelo lacio y un flequillo sobre la frente. Seguí retrocediendo mientras ella avanzaba, hasta que choqué con una mesita de luz. El velador se cayó y la habitación se oscureció más todavía. Su cara estaba a veinte centímetros de la mía. Desvié la vista hacia un costado. No podía mirarla. Me sentía paralizada. Incluso diría aterrada. No tenía idea de qué era lo que ella buscaba o quería. Y entonces se acercó un poco más y me dio un beso, mitad en la cara, mitad en la boca. Y después se hizo a un lado, como abriéndome el paso. Sin mirarla, salí casi corriendo de esa habitación. Volví al living, al balcón y a la terraza. Bajé todos los pisos por la escalera. Al llegar a la planta baja, rompí el vidrio de la puerta de entrada y dejé el edificio. En la primera esquina, doblé a la izquierda, en dirección a la avenida. Cuando estaba pasando por la parada del 55, vi que venía un colectivo. Lo paré y me subí, aunque ignoraba adónde iba esa línea. Eran como las 4 de la mañana. Me senté en el último asiento de los simples, atrás de todo. Me cerré el tapado hasta arriba y metí las manos en los bolsillos. Apoyé la cabeza en el respaldo. Mientras todavía podía ver las luces de los edificios, deseé quedarme dormida y que el colectivo ya no se detuviera nunca.


(continuará)

5 comentarios:

Liliana dijo...

Una narración tensa, con un final imprevisible...que continuará.

Impecable estilo de Julieta Eme

julieta eme dijo...

gracias por leer y comentar, lili. y sobre todo por lo que decís. besos!

Hugo A. dijo...

Muy bueno.
Se me ocurre que la escena de este capítulo es engañosa.
Para mi que el beso se lo da porque cree que es parte de la escena y va a tener flor de susto cuando descubra que el tipo está muerto de verdad y la que irrumpió en escena es una desconocida.
(Los lectores somos así,nos gusta imaginar como sigue)

ANA dijo...

Muy bueno!!! yo creo que la beso como agradecimiento ...mmm...no se...veremos!!

julieta eme dijo...

muchas gracias, hugo y ana, por pasar y comentar. es interesante ver qué se imaginan. saludos!