jueves, 28 de abril de 2016

BAFICI: la perla irregular

Una novia en Shangai (Mauro Andrizzi, 2016)



por Oscar Cuervo y Marcos Perilli


¿Qué podría ser el cine? No solo lo que ha sido ni lo que efectivamente es. Por suerte, su posibilidad es más grande que su realidad. 

Si la última edición del BAFICI fue poco interesante, no se debe solo a la nefasta política cultural del macrismo que tiene a cargo la organización del festival y -desgraciadamente- la conducción política del país. Tampoco es atribuible a que Javier Porta Fouz no le ponga a su misión más onda que Panozzo. Puede que gran parte de la abulia que provoca esta programación sea atribuible a que el cine no está pasando por un gran momento. Hay etapas de alza y otras de baja, flujos y reflujos. Y, más allá de que cuatro o cinco películas que deberían haber estado no fueron programadas, probablemente se trate de que el cine que hoy se hace no es tan interesante como el de hace 15 años, o que un nuevo despuntar se está gestando en alguna parte pero todavía no se hizo visible. 

Por eso siempre nos queda la posibilidad. Debe haber tipos como Perrone en algún rincón del mundo que están trabajando a pesar de la burocracia festivalera,  contra la inercia de la tradición y los límites de la imaginación. Hay también límites objetivos, económicos y políticos, que hacen que la desertificación que produce el neoliberalismo en la vida planetaria alcance a la creación cinematográfica. Hay momentos históricos en los que determinados modelos reproductivos se fatigan y solo son capaces de dar más de lo mismo.



En nuestra conversación reciente en La otra.-radio, Roger Koza remarcaba la estandarización de la mirada de muchos cineastas latinoamericanos, sometidos a voluntad a un modelo fomentado por las fundaciones europeas que con su prepotencia económica fijan una división internacional del trabajo y promueven un estilo "latinoamericano global". "Se pueden buscar los ejemplos, son paradigmáticos -nos decía Roger-. Y en el aspecto formal: películas de planos largos, una forma de pensar el sonido, ves 10 minutos y ya son todas iguales. Yo tenía la idea de hacer un ensayo audiovisual, ponés treinta películas sin decir que son distintas y creés que son la misma". Digamos: eso que alguna vez se llamó "cine independiente" ahora es un segmento del mercado. Y como tal, se rige por mecanismos globales como la obsolescencia programada, la avidez de novedades y las habladurías del mundo.

¿Qué puede ser el cine? es una pregunta que un crítico jamás debería olvidarse, porque la apertura a la posibilidad sostiene el tiempo de la espera. 



La nueva película de Mauro Andrizzi, Una novia de Shangai, me hace pensar en factores que nunca deben desdeñarse: la inspiración de un autor, su placer de fabular, su desenfado, su alegría por filmar. Andrizzi tiene la doble virtud de hacer películas que no se parecen a las de otros y además no se aferra a un programa estético que lo normalice prematuramente como autor; por eso sus películas no se parecen ni siquiera entre sí. Mono, Iraqui short films, Accidentes gloriosos y En el futuro son ensayos que muestran la voluntad de usufructuar la independencia posible para probar qué es lo que el cine podría ser y todavía no ha sido. Esa soltura no necesariamente produce obras maestras ni logra reconocimientos instanáneos y unánimes. Incluso puede desconcertar a quienes creen que en el arte es preferible llorar que reír. Lo que se percibe en Una novia de Shangai es que el juego y la risa son caminos posibles para revivir el cine.



Andrizzi consiguió, con el apoyo de un grupo de productores argentinos, una residencia artística de 6 meses en el Swatch Hotel de Shangai, para filmar un largometraje en esa ciudad china. La oportunidad en sí era magnífica y el primer mérito es haberla conseguido, pero la chatura generalizada podía haber dado lugar a una película parecida a muchas otras. Una novia en Shangai se nutre de distintas tradiciones culturales y específicamente cinematográficas pero se permite jugar irresponsablemente con ellas sin sucumbir por su peso. 



La primera gracia es la nacionalidad problemática de la película. Además del director, hay otros argentinos involucrados en el proyecto (por ejemplo, Daniel Melingo autor de la música), pero la casi totalidad del cast y del equipo de rodaje son chinos. La película está enteramente filmada en Shangai y hablada en mandarín. Pero la subjetividad que fabula la historia y la mirada que registra las mutaciones urbanas de una locación insólita son las de un cinéfilo porteño y cosmopolita. Para la fábula, Andrizzi se deja inspirar por tradiciones orientales arcaicas que le dicta una ciudad donde el pasado y el futuro se yuxtaponen de manera irregular. Partiendo de la historia de dos buscavidas enredados con un fantasma y otros lúmpenes, Andrizzi logra incrustar poesía dadaísta en un documental sobre un lugar del mundo que desafía el asombro. Shangai es una ciudad increíble y el director no olvida que el cine tiene la capacidad de registrar lo real que no se puede contar. Sobre ese fondo real puede escribirse un disparate gozoso con una estructura digresiva y un montaje ocurrente. 

Los truhanes protagónicos imaginan que del otro lado del mundo, en Latinoamérica, en países de cuatro sílabas como Guatemala, Venezuela o Bolivia (?), la gente vive en estado de perpetua felicidad. Andrizzi sueña a unos chinos que sueñan ingenuamente que la felicidad está en sus antípodas, los hace acarrear un ataúd por barrios bajos y subirlo en un container para que dos amantes ya muertos se reencuentren en el trasmundo; se cruzan con un anciano que evoca un pasado apócrifo, con mujeres vestidas de novia que posan para la foto con transeúntes desconocidos, con masajistas ciegas que no son tales, los lanza a la busca de un tesoro que remite al maletín radiante de Kiss me deadly, juega con el imaginario desbordado del cine oriental reciente, cita a Bowie y Leos Carax, desbarata los planes chapuceros de sus anti-héroes, pero no los hace renunciar a la fe de que el amor vence al odio.



Una novia en Shangai juega a imaginar una improbable historia de amor del trasmundo posibilitada por sujetos que no creen en el más allá porque recibieron una educación materialista. A pesar de dejar a la vista su voluntad de fabulación, la película nunca cae en el cinismo y logra que la emoción romántica luzca genuina. Y, como quien no quiere la cosa, Andrizzi filma los paisajes más bellos y desolados que el cine ¿argentino? haya logrado en mucho tiempo.