miércoles, 20 de abril de 2016

Íntima y política


por Oscar Cuervo *

La humanidad hoy tiene una vida tecnocientífica, ya que el funcionamiento del dispositivo científico y tecnológico se volvió indispensable para ser en el mundo contemporáneo. ¿Qué sería de nosotros sin las telecomunicaciones, la informática, las redes eléctricas, los transportes, la urbanidad, el agua potable, los medicamentos, la publicidad, la planificación social, todos productos que dependen en enorme medida de los desarrollos de las ciencias y de la tecnología? Podríamos admitir que hoy la tecnociencia es nuestra segunda piel. Plantear cuestiones tales como qué son las ciencias, cuán profundo es su vínculo con la tecnología, qué poder ejerce la conjunción de ambas sobre nuestras decisiones cotidianas, qué posibilidades se nos abren y cuáles se nos cierran en virtud de ese poder, dista de ser una actitud meramente teórica dirigida a determinar las características de una forma especial del conocimiento. Estas preguntas fundamentales se orientan, más hondamente, a interrogar nuestro actual modo de habitar la tierra.

¿Qué son las ciencias? ¿Dónde radica la unidad de las ciencias, si es que tal cosa existe? ¿Qué es la tecnología? ¿Qué podemos hacer con ellas y qué no podemos? Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si me lo preguntan ya no lo sé. Así podríamos parafrasear el antiguo modo de preguntar de Agustín respecto del tiempo, para alcanzar con nuestro pensamiento esta omnipresencia, a la vez protectora y abrumadora. Por supuesto, antes de apresurarnos a responderlas, estas preguntas epistemológicas llevan a otras: ¿la ciencia es ante todo una forma privilegiada del conocimiento, o un sinónimo, sin más, del conocimiento? ¿Sus fundamentos deben ser examinados? ¿Es la eficacia de la tecnociencia un fundamento suficiente para entregarnos sin restricciones a su amparo? ¿O una entrega irrestricta puede volverse un peligro para nosotros? ¿Es un modo de conocer cuya aplicación nos brinda resultados tecnológicos que se pueden pensar separadamente de su origen? ¿Hasta qué punto es posible separar ciencia y tecnología sin violentar su mutua dependencia? Y, volviendo sobre nuestros propios pasos, ¿encarar estas preguntas no es apresurarse demasiado, cuando en realidad sería más prudente pensar las ciencias primero como formas de conocimiento, determinar cuáles son los métodos que le otorgan su validez objetiva, para dejar para una instancia posterior el problema de sus aplicaciones, su poder, sus beneficios y sus peligros? O, por el contrario, ¿hay que admitir que no pueden darse por sentados ni su validez, ni su objetividad, ni sus métodos sin cuestionar la manera como estas características que se les atribuyen están imbricadas en el contexto más amplio de la existencia humana de esta época? ¿A partir de qué momento la tecnociencia se volvió un poder ineludible y por qué? ¿Hasta qué punto esa ineludibilidad acrecienta nuestra libertad y hasta qué punto la limita?

Ninguna de estas preguntas puede contestarse sin empezar a hacer epistemología. Como disciplina filosófica, la epistemología no se permite saber nada sin haberlo sometido antes a las preguntas. Y esto requiere atreverse a entrar en controversias, contra el sentido común imperante, contra los prejuicios no advertidos, contra la autosuficiencia que puede exhibir la propia comunidad científica y contra la velocidad y contundencia con que la tecnociencia nos entrega productos cada vez más eficaces. No hay, por lo tanto, definiciones unívocas y toda práctica epistemológica hace aparecer diversas posturas discrepantes. Cuestionar a las ciencias no quiere decir condenarlas, negar la verdad de sus teorías, rechazar sus ventajas tecnológicas o desautorizar a sus expertos. Cuestionar significa interrogar, es decir, abrirse a la posibilidad de que un elemento tan decisivo del mundo actual se nos muestre más allá de su inmediata apariencia, como solo puede revelarse para un pensamiento reflexivo y cauto. Si admitimos la inevitabilidad de la controversia y la demora necesaria en la pregunta, podremos reconocer en la filosofía de las ciencias aquel viejo impulso socrático que pregunta por el saber que falta, traído a la situación de la época actual. Y de este modo volver a la epistemología tan íntima como política.


* Estos párrafos forman parte del capítulo 2 del libro Para pensar la ciencia y la técnica. Una introducción a la tecnociencia, que escribimos un grupo de docentes (Cristina Campagna, Mónica Giardina, Eduardo Laso y yo), quienes desde hace años venimos trabajando sobre estos temas en la Universidad de Buenos Aires. El libro es fruto de la reflexión que llevamos a cabo en las aulas, junto a miles de estudiantes que se inician en los problema de las ciencias y las tecnologías. Es el sedimento de un pensamiento que va haciéndose en el entusiasmo por comunicar estos problemas, por considerarlos vitales para cualquier habitante de esta época. El libro, editado por FEDUN, acaba de salir de imprenta y está iniciando su proceso de distribución. Pronto vamos a hacer una presentación pública y haré saber los lugaress donde el libro podrá conseguirse.