sábado, 23 de abril de 2016

Crespo (BAFICI)

Eduardo Crespo, 2016


por Oscar Cuervo

Eduardo Crespo hizo una película que se llama Crespo, nació en Crespo, Entre Ríos, y vino a vivir a la capital, al barrio de Villa Crespo. Su apellido no guarda ninguna vinculación histórica con el de su ciudad natal, excepto por el hecho de que su padre, que nació en capital, se fue a vivir a Crespo.

Eduardo tenía la idea de hacer una película con su padre y con su ciudad natal. En el último año, su vida atravesó por una serie de contingencias aparentemente inconexas: le hackearon la computadora y borraron toda su memoria, viajó a Europa y conoció a una rama de los Crespo que vive ahí, estuvo a punto de ahogarse en el mar, le robaron la cámara y murió su padre.

Crespo es una ciudad de Entre Ríos, la capital nacional de la avicultura: el dinamismo de su economía se basa en la producción de huevos y pollos. A la entrada de la ciudad, una estatua de dos gallinas, un poco ridícula, ostenta ese orgullo ante los visitantes.

Pero la ciudad de Crespo produce algo más que pollos y huevos: desde hace menos de diez años apareció una camada de cineastas nacidos en Crespo (Iván Fund, Maximiliano Schonfeld, Gabriel Zaragoza y el propio Eduardo Crespo), que a la vez guardan estrecha colaboración con otros cineastas que no nacieron ahí pero que interactúan en sus proyectos, como Santiago Loza (con quien Eduardo co-dirigió Si je suis perdu, c'est pas grave y el programa de tv Doce Casas; Loza también tiene varias películas en colaboración con Fund) y Lorena Moriconi (editora de casi todas las películas de ellos, quizás la dueña de la fórmula secreta del cine crespense). También se asocian a este movimiento diversos habitantes de la ciudad que aparecen en todas sus películas, sea como actores, entrevistados o en otros roles colaborativos.

Hay un aire de familia en sus películas, aunque cada uno de ellos muestra su propia personalidad. Diría que cierta discreta melancolía, un tono íntimo, mucho verde y azul, cielos abiertos, calles de casas bajas y una inquietud no del todo manifiesta. En su interacción creativa los crespenses fueron delineando una poética de la contingencia. En sus películas no hay nexos narrativos férreos: las personas y las circunstancias se van ligando de un modo laxo, aparentemente caprichoso, como un dibujo cuyos trazos vacilantes se comprenden solo alejándose un poco o dejándose llevar por las atmósferas.

Conozco esa ciudad: la conocí por el BAFICI. En 2009 vi La risa, de Iván Fund, quizás la película fundacional del movimiento. En La risa ya empezaban a explorarse las posibilidades poéticas de la contingencia. Quizás por eso la película pasó desapercibida. A mí me gustó mucho, me crucé al grupo en los alrededores del Abasto cuando el BAFICI era un lugar amable y propiciaba los encuentros fortuitos, los invité a la radio y me hice amigo de ellos. Ellos después me invitaron un par de inviernos a visitar su ciudad, organicé la primera proyección que se hizo en Crespo de In the mood for love; otro año fui a hablarles de Kierkegaard, caminé por esas calles y plazas y guardo por ella y por ellos una cariño especial.

Crespo, la película, es una pequeña elegía. Con la libertad y la intimidad con que Sokurov concebía sus primeras elegías, pero con acento entrerriano. No está dominada por la melancolía masiva y terminal que se respira en la estepa rusa, sino por una más suave y ondulada, como el paisaje crespense. Eduardo busca, con la ayuda de su mamá y de algún amigo que se cruza en su camino, entre los objetos de su padre: discos, cuadernos, fotos, filmaciones. Busca no se sabe qué, no un gran secreto ni un tesoro escondido, quizás una fugaz epifanía sentimental. Algo que le permita restituir la presencia del padre por medio de una película trazada en el contorno de su ausencia.

El padre de Eduardo era boyscout y eso le dio a su vida una épica de provincias, una fe en la ayuda comunitaria, un entusiasmo ingenuo que por momentos remite al absurdo provinciano de las Doce Casas de Loza y Crespo. Con elementos frágiles y un tono tímido, Crespo se convierte en una de las mejores películas del cine crespense y de esta edición del BAFICI.

1 comentario:

Edgardo Saluzzio dijo...

Hermosa reseña. Como crespense siempre noto que cuando destacan la repentina aparición de una camada de cineastas en Crespo, como un hecho particular, se olvidan de que es un pueblo de de rusos alemanes, un lugar especial, de singularisima cultura.