domingo, 21 de agosto de 2016

Filosofía y dolor



por Esther Díaz

Considerar las contrariedades como un ejercicio vital era la consigna que guiaba a los filósofos estoicos. Ejercicio del alma cuando no puede ser del cuerpo, ejercicio del cuerpo cuando el alma está tan herida que es mejor que no piense, de ambos cuando las condiciones lo permiten. En última instancia, se trata de encontrar líneas de fuga para el deseo, apostar a la jovialidad, buscar pasiones alegres aun en medio de las más amargas. La orquesta del Titanic siguió sonando hasta el final.

Ante lo más profundo de la desesperanza, ante el espectáculo de nuestro propio dolor o del a veces insoportable sufrimiento ajeno, ¿podríamos armarnos de valor y reafirmar los hechos? ¿dónde está el mástil al que podamos amarrarnos para no ser devorados por la vorágine de los tormentos, ¿cómo no bajar los brazos? ¿cómo no desear dejar de padecer cuando creemos que ya no habrá paz para nosotros?

Pero ese mástil nos pertenece y, a veces, también está en la mano que nos tienden los demás. Aunque si no devenimos otro, si no intentamos zafar del lugar de la víctima, no podemos ni siquiera manotear la posibilidad de salirnos de la queja, de la angustia, del dolor y a veces -esto es lo más gravoso- del resentimiento, lo contrario de la jovialidad.

Afirmar nuestra subjetividad, identificarnos con nosotros mismos es el comienzo, reforzar nuestra estima la continuación, sentirnos dignos es la meta. Dignos en el placer, dignos en el dolor, en el querer y en el rechazar. No dejarse colonizar por la queja. Despojarse de las cargas del pasado, de recuerdos vergonzosos, de secuelas punzantes, olvidarse incluso de la humillación. Anhelar que nos crecieran alas para transitar más livianos por la vida que, por sí misma, nos regala momentos, solo momentos de plenitud.

Creemos que la medicina solucionará nuestros dolores, puede ser que anule o mitigue los del cuerpo, pero no necesariamente los del alma. Para los estoicos, la medicina no se concebía simplemente como una técnica de intervención que apela, en los casos de enfermedad, a los remedios, a la receta, a lo estándar. Debía también definirse -entre médico y paciente- una manera de vivir, un modo de relación conceptual con uno mismo, con el propio cuerpo, con los alimentos, con la vigilia, el sueño, las actividades y la naturaleza. La superpoblación y la aceleración de la época digital parece haber borrado de un plumazo esa medicina integral que -forzoso es reconocerlo- era una medicina de la que gozaban los señores, los libres, los ciudadanos; no el pueblo, los esclavos, ni los extranjeros pobres.

Por su lado, la reflexión filosófica ofrece tecnologías conceptuales para sobrevivir dignamente habitando la herida. Ante un conflicto, una crisis, un desgarro, dicen los estoicos que lo primero que debemos hacer es preguntarnos si existe en nosotros alguna posibilidad de modificar aquello de forma positiva; por el contrario si nuestro buen sentido, ayudado a veces por la excelente disposición de los demás, nos dice que no existe posibilidad de cambiar una situación desagradable, la línea de fuga en este caso es la aceptación.

Pero no una aceptación resignada en sentido cristiano. No una resignación que acepte el sufrimiento como pago de presuntas culpas, o por considerar que la vida es solo dolor, o por creer que no hay atenuantes. Se trata de una resignación que en realidad es re-asignación, otorgamiento de una nueva significación, búsqueda de un sentido otro.

El sentido no se encuentra en el dolor mismo, ya que el dolor está tan vacío de valor que hasta las religiones se ocuparon de buscarle algunos inventando que se sufre para salvar el alma, o para paliar los pecados del mundo, o para honrar a divinidades sádicas que gozarían con el dolor humano. Ese sentido produce pasiones tristes, es coaccionante, no está al servicio de la recomposición vital.

Los valores liberadores surgen de nosotros mismos, de elaboraciones propias, auténticas, personales, no impuestas desde afuera. Ahora bien, si nuestro propio autoanálisis o las palabras de otro nos hacen comprender que lo que estoy sufriendo tiene resolución posible desde mí, entonces a trabajar todo el tiempo para lograr el cambio. Ejercitarse, meditar, ocuparse. Contribuir cada día con nuestro aporte para ir construyendo espacios simbólicos habitables, confortables, llevaderos.

Por su parte, los existencialistas proponen buscar el no sentido de la existencia en lo absurdo para construir luego sentido sobre la realidad que nos toca vivir. Cuando lo absurdo es reconocido, lo podemos aceptar, nos resignamos a él -lo re-significamos- y desde ese instante sabemos que no es ya lo absurdo, porque lo hemos revestido con valores renovados. Hay que buscarle alternativas joviales a los pesares si no queremos que la tormenta nos arrastre, si aborrecemos dejarnos ganar por la desesperación, si podemos incluso permitirnos el llanto que, una vez calmado, puede transformarse en risa.

Un modelo posible para ilustrar el concepto de resistencia es el mito de Sísifo, condenado por los dioses a empujar una pesada piedra hasta la cima de una montaña, sabiendo que ineluctablemente volverá a caer, y una y otra vez deberá comenzar su tarea y así eternamente. No obstante, debiéramos imaginar a Sísifo con una sonrisa, dice Albert Camus, porque está resistiendo, no se deja vencer por la desesperación, no se deprime ni se queja, sigue adelante demostrándose a sí mismo -y a quienes quieran verlo- que asume su destino hasta las últimas consecuencias.

Se trata de tener fe en sí mismo y sentir que tomamos senderos alegres, que huimos de los melancólicos, que no nos dejamos vencer por el pesimismo; porque, cuando no podemos sobrellevar nuestro dolor, nos sentimos abandonados. En esos momentos se desea serenidad. Y si la serenidad llega, todo comienza a ser diferente aunque aparentemente el estado de las cosas siga igual.

Dice Séneca que así como el ímpetu de los leones no se reprime en sus cuevas, el ímpetu de nuestro dolor no se apaga encerrándose con él. Hay que expandirse, buscar nuevos soles, nueva luz, nuevas fronteras. Cambiar de lugar, ser nómade, que no necesariamente implica moverse físicamente: nuestro espíritu puede devenir, nuestro pensamiento volar, nuestras lágrimas transformarse en sonrisas.

No hay que salirse del mundo de los vivos antes de morir. Si hay vida y conciencia, hay que resistir con entusiasmo. Ante todo es necesario valorarse a sí mismo. Los ánimos desvalorizados huelen mal: son derrotistas, negadores de la vida, predicadores de la falsa resignación.

En última instancia se trata de trabajar sobre nosotros como el escultor lo hace con la roca, hasta arrancarle nuevas formas a nuestro modo de vivir, hasta sentirnos en armonía con el universo, hasta hacer de nuestra propia vida una obra de arte.