sábado, 13 de agosto de 2016

Nietzsche Go! La muerte de Dios y los nichos del mercado

Arriba y arriba, siempre más arriba iré: la voluntad de poder



Capítulo xvi: El Nietzsche de Heidegger. Clickear acá 

Capítulo xvii: la voluntad de poder y la desmesura de la técnica. Clickear acá 

Capítulo xviii: en vivo hoy a las 18 en Patologías Culturales, FM 88,7, online acá

Quizás el lector eminente de Nietzsche es Heidegger. Sobresale por su relevancia filosófica. Cuando desde mediados de la década del 30 le dedica varios años de su propia meditación al asunto Nietzsche está haciendo dos cosas: redimensionar la importancia de Nietzsche en la historia de la filosofía y a la vez, en su confrontación con él, pensar su lugar propio en esa historia. Después de casi una década de cursos sobre Nietzsche en Friburgo, Heidegger llegará a formular su propia cuestión de la técnica en íntima relación con la voluntad de poder nietzscheana.

Nietzsche mismo se había atribuido un lugar crucial en el destino de occidente, pero esta autoafirmación no había encontrado una auténtica interlocución en el campo filosófico hasta que Heidegger lo asume como interlocutor. La historia de la filosofía tiene caminos sinuosos, no lineales, senderos que parecen perderse en la nada. A veces es un lector, uno solo, el que avista la relevancia de un pensador. Pero ese lector tiene que ser él también un pensador. El inglés David Hume (1711-1776) creyó haber extraído todas las consecuencias filosóficas del empirismo moderno en su libro Tratado de la naturaleza humana y esperaba que su libro provocara una conmoción que no se produjo. Al menos no durante su vida. Hume murió frustrado porque su libro no fue violentamente atacado sino que pasó apenas desapercibido. Pero Inmanuel Kant (1724-1804) fue aquel lector que Hume esperaba. De una tradición cultural completamente diversa, de formación racionalista, Kant fue el lector de Hume: "Hume me despertó de mi sueño dogmático", dijo, y eso lo empujó a conquistar su propia posición de pensamiento. Hume había agotado las posibilidades de transitar un camino para pensar la experiencia y por eso fue el empirista radical. Kant no repitió a Hume, pero llegó a convencerse de la necesidad de resignificar el concepto de experiencia. Para decirlo de forma muy breve e insuficiente: la experiencia no es una recepción pasiva de datos sensibles, como sostienen los empiristas -incluido Hume- sino una producción subjetiva más compleja. Para poder pensar la ciencia natural que por esa época triunfaba con Newton, Kant percibió que había que destruir y volver a construir el concepto de experiencia. ¿Qué es la experiencia?: es la pregunta que guía la Crítica de la razón pura, pregunta que Kant solo puede llegar a formular después de haber leído a Hume. Sin Hume no habría habido Kant. Y a la inversa: sin Kant, Hume no habría logrado ganar la relevancia que alcanzó en la historia de la filosofía europea. En la Alemania nazi, no es que Nietzsche hubiera pasado desapercibido (por eso la analogía que propongo es imperfecta), pero la lectura nazi de Nietzsche no le habría dado el rango de filósofo decisivo de esta era. Heidegger es quien le da este rango. La voluntad de poder es la cuestión de la técnica y ahí reside el nudo de problemas más difíciles y peligrosos para la humanidad actual. La interlocución entre Heidegger y Nietzsche todavía nos habla (y quizás nos habla más que nunca, mucho más que en los años de Nietzsche o en los de Heidegger).

Heidegger dice a fines de los años 30 que quiere reconstruir el curso de pensamientos que llevó a Nietzsche al concepto de voluntad de poder. Para eso se basa en un corpus de fragmentos por entonces inéditos, que se guardaban en los Archivos Nietzsche y que habían quedado afuera de la primera edición del libro La voluntad de poder, realizada por Elisabeth Förster-Nietzsche, la hermana de Friedrich, Heidegger discrepa con el criterio con que el libro La voluntad de poder fue editado. Afirma que su estructura no sigue el curso de pensamientos que llevan al concepto de voluntad de poder. Según Heidegger este es el centro del sistema solar nietzscheano, alrededor de la cual giran todos sus planetas: la tragedia, Dionisos, la muerte de Dios, el nihilismo, el Superhombre, el Eterno Retorno. Nietzsche formula la idea de voluntad de poder tardíamente y guarda su exposición para la que consideraba que sería su "Obra Capital", a la que en sus planes pensaba titular justamente La voluntad de poder. Pero a medida que se acerca el momento de esta comunicacion que esperaba que fuera su aporte definitivo a la historia de la filosofía, Nietzsche vacila entre ese título y otros posibles: La transvaloración de todos los valores El Eterno Retorno de lo Mismo. Finalmente su colapso mental de enero de 1889 le impedirá llegar a escribir la Obra Capital, pero las esquirlas de ese pensamiento explosivo aparecerán fragmentadas en El Anticristo, Ecce Homo, El ocaso de los ídolos o guardados entre los póstumos. En la lectura heideggeriana la voluntad de poder es la clave que permite releer todos los libros nietzscheanos desde el primero, cuando aún no había acuñado ese concepto. 

El Nietzsche de Heidegger no es un simple comentario a la obra de Nietzsche, sino una fuente filosófica por sí misma, en la que Heidegger se erige como pensador de la era del dominio de la técnica frente a Nietzsche, procurando llegar a ese pensamiento no pensado por Nietzsche. Heidegger lee, dialoga y discrepa con Nietzsche. Pero para discrepar con él antes hay que comprender las preguntas que Nietzsche deja planteadas.

Heidegger señala un fragmento póstumo escrito por Nietzsche en 1885:

"Este mundo es voluntad de poder y nada más. Y nosotros y ustedes somos voluntad de poder y nada más".

Heidegger interpreta: la realidad completa (la totalidad de las cosas) es vida; y la vida es voluntad de poder.

La voluntad de poder es entonces la verdad de la realidad, tal como Nietzsche la piensa. No solo nos determina a "nosotros y ustedes", es decir a la humanidad, sino a todo lo que hay en el mundo. Nosotros, los seres humanos, tanto como los entes inanimados, cuanto los entes biológicos, todos somos vida. Y lo que dirige la vida es voluntad de poder.

¿Hay un sentido que explique la realidad que nos rodea, incluidos en esa realidad nosotros mismos? podría decir la pregunta que dirigió más de dos milenios de metafísica (meta física, en términos griegos: más allá de la realidad física, el sentido que rige al conjunto de lo que es). ¿Cuál es la verdad de la realidad? Diversos filósofos responden a esta pregunta de distintas maneras. Para Platón, la idea, el mundo ideal. Para Aristóteles la finalidad de las cosas, su para qué. Para la escolástica medieval, la voluntad divina. Para Descartes o para Kant, el yo. Para Hume, las impresiones sensibles. Nietzsche no es ajeno a esta tradición y vuelve a hacerse esta pregunta. Y la responde diciendo: lo que rige a los entes, la verdad de la realidad, es voluntad de poder. Al dar esta respuesta cree abolir la metafísica dando fin a la vigencia de los ideales trasmundanos, esos que desde Platón o una cierta interpretación de la cristiandad ponen a la verdad más allá de este mundo, en un cielo ideal. Para Nietzsche la dirección brota de este mismo mundo y es la voluntad de poder. Todo lo que existe quiere poder y más poder.

Heidegger sostiene que Nietzsche, al arribar a esta posición, no supera sino consuma la orientación de dos milenios de metafísica. Por su fidelidad a la pregunta que dirigió esta tradición y porque responde con una inversión: quiere dar vuelta el valor del mundo que la metafísica concibió. Nietzsche lleva a cabo su "transvaloración de los valores". una inversión que, al poner patas para arriba lo que hasta ahora se creyó, se santificó y se impuso como verdad, queda ligado a esa misma dirección que ahora se pretende invertir. Por eso, para Heidegger, Nietzsche no supera sino explicita y realiza el proyecto que guió a la filosofía europea desde sus inicios. Ahora la metafísica puede disolverse porque el mundo de la voluntad de poder, todo él, es metafísico. Una vez que se logra reducir la verdad a voluntad de poder, toda doctrina metafísica es superflua, porque la voluntad de poder toma el mando de la realidad. Y esto lo hace, según la posición heideggeriana, a través del imperio absoluto e irrestricto de la técnica. La técnica ya no necesita de la verdad ni de la mentira, porque tiene de su lado la eficacia siempre desbordante. El sentido de la técnica es poder más, no reconocer límites. Todo lo que la técnica pueda hacer hay que hacerlo.


El furor reciente por un juego, el Pokemon Go, que se descarga en los dispositivos celulares a los que nuestras vidas están sujetas, tiene todas las características de un trending topic, es decir: una tendencia global a la que es imposible sustraerse porque el mundo entero parece estar mirando y hablando a través de él. Hay un vértigo desmesurado en estas tendencias que se suceden instantáneamente, hasta ser suplantadas por otras tendencias más irresistibles. En este caso, se trata de un juego de realidad aumentada, según la terminología en uso. "Un juego de realidad aumentada" es un muy plausible deslizamiento de la voluntad de poder nietzscheana. El juego, la realidad en aumento y la indiscernibilidad entre lo real y lo virtual. La dirección de la técnica actual parece fulgurarnos con el acatamiento de que no solo ya resulta difícil discernir lo virtual de lo real, sino que en el fondo ya no es necesario distinguirlo. Por eso hoy hordas de jugadores se lanzan a cazar pokemones en los espacios de la memoria, donde antes funcionaban campos de concentración. Acá, en la EX Esma y allá en Auschwitz. Humor y terror al mismo tiempo, sin que haga falta distinguirlos. Ciencia jovial que nos seduce por su eficacia, medida por la cantidad de descargas: 100 millones de descargas en Android, US$ 200 millones de facturación, valen más que cualquier argumento ontológico de la existencia o la inexistencia de Dios o del mundo. Pokemon Go ya superó en facturación a Clash of Clans y Candy Crush. ¿Y cuántos van a sustraerse hoy a semejante facturación? ¿Y cuál será el próximo furor que deje a Pokemon Go como algo caduco? ¿Cuán rápido sucederá y con cuántas cifras se medirá? Toda nuestra percepción del mundo parece dirigirse -jovialmente- hacia una indeterminación entre lo real y lo virtual, indeterminación que finalmente se decide en los millones (billones, trillones) de facturación.

En ese ir siempre más allá para seguir existiendo, en el correr más rápido para seguir de pie, se halla el dinamismo, la seducción y la amenaza de la voluntad de poder. No se trata solo de poder hacer algo, sino de querer poder hacer siempre más, sin que ningún cielo nos limite. No hay cielo. El cielo se desplomó. Y la fuerza del desplome nos impulsa jovialmente hacia arriba y arriba, siempre más arriba iré. El desborde de la voluntad que siempre quiere quiere más y ya no puede no querer más. Una voluntad que se nos ha independizado: una voluntad que quiere por sí misma, más allá de cualquier sujeto individual, nacional o trasnacional. Pero que sin embargo se la sigue pensando como voluntad. ¿De quién?

Cambiando un poco la retórica de la descripción de esta escena jocosa, podríamos decir como Nietzsche:

Somos, con mucho, los más fuertes entre los fuertes. Ni siquiera necesitamos la mentira: ¿qué otro poder podría prescindir de ella? Una fuerte seducción lucha por nosotros, quizás la más fuerte que haya: la seducción de la verdad... ¿de la verdad? ¿Quién me ha puesto esta palabra en la boca? Pero ya la vuelvo a sacar, desdeño la orgullosa palabra: no, tampoco necesitamos la verdad, llegaríamos al poder y a la victoria también sin la verdad. El encanto que lucha por nosotros, el ojo de Venus que cautiva y enceguece hasta a nuestros enemigos, es la magia del extremo, la seducción que ejerce todo extremo: nosotros, inmoralistas, somos los extremos. 

2 comentarios:

Mariano Liva dijo...

El raton Mickey aprendiz de Brujo! Hasta donde hemos llegado! JUA! Buen blog aja

Blogger dijo...

Not playing Pokemon Go? Download Pokemon Go (Built for iOS and Android)