sábado, 13 de octubre de 2018

Familia sumergida

La ópera prima de María Alché


Su hermana se ha muerto, el lavarropas se descompuso, el marido se va por unos días. El eje de la vida de Marcela (Mercedes Morán) se corre, levemente o triste, de la órbita cotidiana, saliéndose un poco de quicio. Con esas premisas argumentales, la inercia del cine intimista argentino podría dar lugar a una crisis moderada de estaciones previsibles, tanto como para reforzar nuestras nociones conocidas sobre la alienación de la clase media o la insatisfacción existencial, sexual, incluso política de una mujer de mediana edad, con tres hijos, un marido y unos senderos que no llevan a ningún lado. 


En su ópera prima Familia sumergida la cineasta María Alché no suprime esas posibilidades, no las esquiva ni las embellece, sino que las altera (en sentido musical), las desplaza hacia registros menos explorados, las hace florecer de misterio. Se abstiene del melodrama, de la comedia, del romance maduro; es decir: repudia con amabilidad los géneros cinematográficos.


El cine argentino contemporáneo suele abusar del repliegue en los mundos íntimos como una excusa para acotar sus riesgos: departamentos chicos, contraluces, vidas modestas, conflictos sofocados, curvas dramáticas correctas, bajos presupuestos, resoluciones amarretas. María Alché parte de un mundo muy cercano al que pueden vivir sus espectadores, parece empezar habituándolos a un realismo elegante y discreto, para llevarlos poco a poco hacia una tierra incógnita. A medida que la película avanza y vamos descubriendo el ecosistema que Marcela habita (los problemas de los chicos, la soledad, la ausencia de la hermana y del marido, su deseo inextinguido), la decisión artística más audaz que Alché toma es ir dislocando el corsé realista que suele usarse para mostrar los espacios de cordura ordinaria. Lo disloca mediante deslices sutiles, mutaciones imperceptibles, desacoples cronológicos, irrupciones posiblemente oníricas. Uno de sus rasgos más originales es la manera en que Alché filma ese "posiblemente": si el mundo de los afectos familiares se enrarece sin terminar de quebrarse nunca, sin siquiera perder su ternura, sus ensueños y sus fantasmas no dejan de tener un pie en la tierra. No se trata de una serie de acontecimientos que se suceden en una secuencia tal como: "ahora Marcela se preocupa por sus hijos", "ahora se aburre", "ahora recuerda su historia familiar", "ahora sueña", "ahora despierta", "ahora vive un nuevo amor", "ahora se resigna otra vez". En lugar de ese acople de momentos ya codificados, Alché prepara con suma delicadeza los tránsitos de una a otra cosa, sus superposiciones, su gracia lúgubre, su eros y su momento de incertidumbre. Como el cine es tiempo, sonido y luz, estas materias pueden amasarse para salirse del molde de las palabras, de los puntos y aparte, y hacer resplandecer los tránsitos, los trances.


María Alché debuta en el largo con una destreza consumada para manejar todas las variables de la textura cinematográfica: la luz, el color, el montaje, las distancias focales, la inestabilidad de la cámara, el tratamiento sonoro expresionista y unas actuaciones de una delicadeza notable -entre las que vuelve a brillar la genia Mercedes Morán, aunque cada uno de sus acompañantes, especialmente los jóvenes que encarnan a sus hijos (Federico Sack, Laila Maltz, Ia Arteta), su marido (Marcelo Subiotto) y su posible amante (Esteban Bigliardi), acompañan su fulgor-. Su astucia política de autora consiste en hacer patente que una familia puede ser un universo fantástico si se lo mira bien.

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