El exiliado político Pepín Rodríguez Simón, la periodista Luciana Vázquez y mi maestro en la crítica cinematográfica Gustavo Noriega. Clickear en la imagen.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Amor al otro

El nuevo ciclo de cine La otra empieza el sábado a las 19:30 en IWO (Ayacucho 483)


"El problema aquí es el inmigrante, 
que es probablemente la figura por excelencia de la disfuncionalidad del sistema capitalista"

por oac

El título finlandés de El otro lado de la esperanza, Toivon Tuolla Puolen, algo así como "Espero más allá de esto", es sugestivo: no termina de decir todo lo que dice o puede decir distintas cosas según el oído del que escucha. No creo que el finlandés Aki Kaurismaki, uno de los grandes cineastas contemporáneos, lo haya elegido al descuido. El tránsito de un inmigrante llegado de Alepo, Siria, que huye de una catástrofe estruendosa para ser recibido en Helsinki, en medio de otras catástrofes soterradas, es mirado con emoción austera y un poco anticuada, no exenta de gracia anacrónica ni tampoco de rabia actual. El problema al que responde Kaurismaki al filmar esta película es cómo un europeo que se resiste a la degradación generalizada de su propio mundo puede devolver una mirada amorosa y esperar sin renunciar a la conciencia de la opresión. Lo primero que él parece tener en cuenta es que en la peripecia del inmigrante se juega algo del prójimo, es decir: algo del que va a ver su película y también íntimamente suyo. Uno es otro. Hay un lazo que reúne ambos lados de los mundos delimitados por la fina línea de la pantalla, el de los personajes y el del que mira: adivinen cuál es.


6 películas de ¿amor?
Película de ¿amor? número 1: El otro lado de la esperanza (Finlandia, 2017)
Sábado 3 de noviembre de 2018. Fundación IWO. 
Ayacucho 483. 19:30 hs. Proyección y análisis.

Cuando se me ocurrió poner El otro lado de la esperanza, la obra más reciente de Kaurismaki, como apertura de este breve ciclo de 6 películas de ¿amor? que va a desarrollarse los sábados de noviembre y parte de diciembre en la ciudad de Buenos Aires, no sospeché que la figura del inmigrante iba a ubicarse por estos mismos días en el tope de la agenda política argentina y sudamericana. No es precisamente para alegrarse esta coincidencia: estamos sumidos en uno de los momentos más desesperantes de nuestra historia. La decisión de buscar diversas formas de figuración del significante "amor" en el cine contemporáneo tiene para mí una clara intencionalidad política. Puede que no haya tema más político que el amor y sus modos de visibilización -o de invisibilización- en estos días. Hay por cierto enfoques más materialistas que este que aquí propongo. Sin embargo, no creo que el más riguroso materialismo logre trazar una línea de legibilidad de las diferencias irreconciliables con que el mundo actual nos desafía. 


El amor y la forma en que se visibiliza. Este es un problema estético, un eje secreto de la historia del cine. También es ético, porque la visibilización del amor como lazo social problemático exige decisiones de puesta en escena, de tonalidad, de distancia y acercamiento que muestran que las formas cinematográficas son siempre las de una mirada concernida por aquello que ve, o por la línea que une lo que ve y lo que no. No es que el amor preexista para una mirada distraída, es que aparece para el que quiere mirar.


Saber mirar en la época de la imagen del mundo es un reto político. Lo habitual es que somos ciegos al imperio de las pantallas que nos nublan la mirada. El cine, ese invento del siglo xix, ha llegado hasta hoy para cobijar una posibilidad de disidencia respecto de la imposición de las imágenes. 


Precisamente en nuestra ciudad de la furia estamos atravesando ahora una batalla en torno a la figura de los inmigrantes. El sistema neoliberal sabe transformar su abyección humana en impactos visuales rotulados que se distribuyen en cuestión de segundos, ya interpretados, pegan en nuestras retinas y oscurecen las conciencias. Este sistema de captura de las miradas está diseñado para volvernos primero ciegos y luego infames.


Aki Kaurismaki es un cineasta amoroso, es decir: viene de la escuela de Bresson. Esto no tiene nada que ver con la cinefilia. Implica, sí, un tratamiento amoroso de los materiales del cine y un cuidado de las formas. Un corte justo o una distancia pudorosa pueden ser respuestas sublimes a la infamia que invade nuestras prácticas cotidianas. Encuadrar de un modo que las pantallas proliferantes desconocen, detenerse en gestos casi imperceptibles, depurar el cuadro, serenar el ritmo, hacer silencio, mostrar la violencia de una manera que no busca violentarnos, tener la rabia cerca y nunca ceder al desprecio. Es difícil. Kaurismaki lo hace.

1 comentario:

jamesfo8376 dijo...

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