martes, 22 de junio de 2021

El funeral del Estado y las paradojas de Loznitsa



En Patologías Culturales (FM La Tribu, 88,7, sábados 18 hs.) estuvimos hablando un rato con Maxi Diomedi sobre State Funeral, la película de Sergei Loznitsa  que puede verse por estos días en MUBI.


 «En State Funeral se ve una absoluta histeria de masas. La convicción es un estado mental, mientras que la histeria es un estado emocional. La histeria de masas constituye un fenómeno frecuente. Cuando muchas personas se reúnen en grupos numerosos, como sucede con otros animales, tienden a imitar el comportamiento de los demás. También es una herramienta de supervivencia. Uno necesita formar parte de la multitud para sobrevivir en ella. Sin duda, había algo que concernía a la ideología y a la propaganda, cuyos efectos son ostensibles, pero también había un aspecto fisiológico. Si hablamos de estalinismo, no había «una ideología del partido» ni «un discurso del partido»; se trataba de la ideología de Stalin y el discurso de Stalin. Era un tirano y todas las demás instituciones y órganos de autoridad funcionaban según su voluntad. El pueblo soviético era esclavo de este régimen. En gran medida, todavía lo es.» 
Sergei Loznitza a Roger Koza, "Reminiscencias del siglo XX"





State Funeral es una película del realizador ucraniano Sergei Loznitsa que por estos días está gozando de una notoriedad inesperada en streaming. Los films firmados por Loznitsa una década atrás trataban de abrirse paso entre los centenares que se exhibían en los festivales internacionales. Ahí había edificado su selecto prestigio. Su cruzada postsoviética estaba dirigida a un nicho minoritario global. Las operaciones que el ucraniano hacía con el material de archivo soviético disponible convocaban a muchas pequeñas audiencias en diversos puntos del planeta. Puede ser que la pandemia y la creciente necesidad de ver películas en las plataformas de streaming hayan concitado una atención que de otra forma Loznitsa nunca habría alcanzado. Quizás State Funeral llame la atención del espectador hogareño más que nada porque su tema es histórica y visualmente atractivo: el masivo funeral del líder soviético Joseph Stalin. Convengamos: Stalin es más taquillero que Loznitsa. Y la remasterización digital que resalta el rojo comunista sobre el paisaje plateado hace refulgir el hermoso metraje que en aquel 1953 habían registrado los mejores cineastas y camarógrafos formados en la escuela soviética. Si algo convoca al asombro en State Funeral, es el lirismo sobrio con que los soviéticos habían filmado la congoja de ese pueblo despidiendo a su líder, uno de los personajes clave del siglo XX. 




La operación que Loznitsa hace sobre el registro estatal soviético quiere ser más sofisticada: con una presunta abstención discursiva que soterra su ínfima ironía, reedita aquellos documentos para hacer patente la función propagandística que rige a las imágenes originales. Como cuando Pierre Menard vuelve a escribir el Quijote para lectores de otro siglo y otra lengua, Loznitsa vuelve a velar a Stalin, ahora ya no para que sus imágenes sean propagadas a través de la vastedad territorial de la URSS, sino para que el público culto occidental (des)aprecie las pulsiones primitivas de la multitud manipulada por la propaganda comunista, representada por unos omnipresentes altoparlantes que remachan a las masas embrutecidas -Loznitsa las piensa en términos zoológicos- la magnanimidad del líder fallecido.




Loznitsa lucha contra las imágenes que monta, sobre todo por medio de una banda sonora por demás redundante; esto tiene que ser así por varios motivos. Su trayectoria artística lo destinaba a reeditar el funeral de Stalin y casi estaba cantado que el título tenía que ser Funeral del Estado: no solo para acentuar el carácter estatal del rito funerario. Loznitsa se permite una broma leve que sabe que será festejada por la hegemonía de la que forma parte: la muerte que celebra es la del estado soviético mismo, aunque su deceso todavía tardara algunas décadas en manifestarse. Hoy es evidente. Incluso la alt right, que puede tomar a Loznitsa como uno de sus precursores, pretende revivir su fantasma en un curioso reciclaje. 



Loznitsa edificó su filmografía contra ese estado soviético, con brío liberal libertario y jactanciosamente antipropagandístico. Pero el lugar que él ocupa en la historia del cine depende exclusivamente del estado del que se dedica a renegar. La antepenúltima paradoja es que la película que firma concita la atención del público consumidor porque el pueblo soviético que llora al líder es más interesante que todas las tesis de Loznitsa sobre los documentos estatales y la propaganda. Sobre esta paradoja se monta una penúltima: el gesto pretendidamente sofisticado con que Loznitsa manipula las imágenes del estalinismo no es sino propaganda anticomunista. Hoy la ultraderecha puede terminar consagrando a Loznitsa como uno de sus cineastas oficiales. Si alguien quiere comprender el siglo xx a través de uno de sus protagonistas decisivos, la película no es esta. Pero Loznitsa da ideas y no tardará en aparecer el documentalista argentino que rejunte archivos sobre el funeral de Evita o de Peron. Su lugar en el BAFICI ya lo tiene seguro




Hay todavía una última paradoja: las imágenes que Loznitsa firma contra el estalinismo permiten desnudar la pasmosa linealidad de las tesis políticas y artísticas del ucraniano. Después de ver la película de Loznitsa me da que pensar que capaz el estalinismo no haya sido tan malo como yo creía.

1 comentario:

Marcelo del Valle Romero dijo...

Viendo los films, además, como "The event", sobre la resistencia ante un Golpe de Estado previo a la disolución final de la URSS; más la que hizo sobre la plaza naranja de Ucrania, Losnitza sigue esa línea, de montaje de archivo supuestamente aséptico. Concuerdo que, más allá de la opinión política del realizador, logre en muchos de nosotros el efecto contrario al que él desea: que veamos a esas muchedumbres como individuos heroicos por un acto muy extraño en estos tiempos: compartir con miles de otros, y lo más atrayente es pasar dos horas viendo rostro tras rostro, distintas formas del sentir.